Main El Fantasma De Kansas

El Fantasma De Kansas

,
0 / 0
How much do you like this book?
What’s the quality of the file?
Download the book for quality assessment
What’s the quality of the downloaded files?
Language:
spanish
File:
HTM, 106 KB
Download (htm, 106 KB)
Conversion to is in progress
Conversion to is failed
0 comments
 

To post a review, please sign in or sign up
You can write a book review and share your experiences. Other readers will always be interested in your opinion of the books you've read. Whether you've loved the book or not, if you give your honest and detailed thoughts then people will find new books that are right for them.
1

El globo de oro

Language:
spanish
File:
RTF , 2.98 MB
0 / 0
2

Blue Champagne

Year:
1988
Language:
spanish
File:
PDF, 1.55 MB
0 / 0

El fantasma de Kansas



Autor: John Varley

Título original:The phantom of Kansas 1976
Ediciones Orbis, 
Biblioteca de Ciencia Ficción nº 26
Traducción: Domingo 
Santos
Compra el libro si lo ves
Dedicado al grupo de 
es.rec.ficcion.misc










Mi banco es el 
Archimedes Trust Association. Su seguridad es de primera clase, su servicio es 
cortés, y tienen sus propios servicios médicos, que no hacen otra cosa que tomar 
registros para sus cámaras acorazadas. 


Y hace dos semanas fueron robados. 


Fue un tremendo golpe para mí. Se acercaba la fecha de mi 
registro periódico, y yo temblaba ante el mordisco que eso iba a representar 
para mis ahorros. Entonces esos ladrones irrumpieron en mi banco, robaron una 
enorme cantidad de documentos negociables, y en un exceso de entusiasmo 
destruyeron todos los cubos de los registros. Hasta el último de ellos, todos 
reducidos a minúsculos y aplastados fragmentos de plástico. Por supuesto, el 
banco iba a tener que reemplazarlos todos, y muy rápidamente además. No eran 
estúpidos; no era la primera vez que alguien había utilizado un robo bancario 
como aquél para facilitar un asesinato. De modo que el banco tendría que 
registrar de nuevo a todo el mundo que tenía cuenta allí, y hacerlo en muy pocos 
días. Aquello iba a costarles más que el propio robo. 


Incidentalmente, así es como funciona ese tipo de operación. Al 
ladrón lo que menos le importa es el dinero robado. Sea como fuere, es muy 
arriesgado pasar un tal botín. Los programas alimentados a las computadoras 
financieras de nuestros días son suficientes como para frustrar a cualquiera 
excepto a un ladrón realmente excepcional. Uno tiene que dejar de lado este tipo 
de dinero durante más de un siglo para tener alguna esperanza de extraerle 
finalmente algún beneficio. No es imposible, por supuesto, pero los tipos de la 
policía han llegado a la conclusión de que existen muy pocos criminales 
temperamentalmente capaces de aguardar tanto tiempo. El auténtico motivo de un 
robo como éste, en los casos e; n que los cubos memoria han resultado destruidos, 
no es el robo, sino el asesinato. 


Ocurre a menudo que alguien cometa algún crimen pasional. Hay 
muy pocos crímenes que paguen, y el asesinato es el que paga menos de todos. 
Ningún tipo se siente satisfecho matando a alguien para verlo de nuevo caminando 
a su alrededor unos seis meses más tarde. Y cuando la víctima entabla demanda 
contra el asesino por alienación de personalidad -y obtiene más del noventa y 
nueve por ciento de los bienes del asesino como indemnización-, es como si uno 
se volviera el cuchillo contra sí mismo. De modo que si uno odia realmente a 
alguien, si la tentación de matarlo realmente, para siempre jamás, como 
en los viejos días, es tan grande, la única solución es destruir primero su cubo 
de memoria, y luego matar el cuerpo. 


Eso es lo que temía el ATA, de modo que yo obtuve un 
guardaespaldas particular durante la semana pasada, de acuerdo con una de las 
cláusulas de mi contrato. Era como una especie de símbolo de status para exhibir 
ante los amigos, pero no me sentí muy impresionada por ello hasta que me di 
cuenta de que el ATA iba a tener que pagar de su bolsillo mi próximo registro, 
como parte de su programa de restauración de la cobertura de todas sus pólizas. 
Habían formado contrato conmigo para mantenerme eternamente con vida, de modo 
que aunque estaba previsto que se iba a efectuar una regrabación mía dentro de 
tres semanas, ésta iban a tener que pagarla ellos. Los tribunales habían 
dictaminado que un cubo perdido o dañado debía ser reemplazado a toda la 
velocidad posible. 


De modo que tendría que haberme sentido muy feliz. No me 
sentía, pero intenté ser valiente. 


Fui citada a la sala de registros sin la menor dilación, y me 
pidieron que me desnudara y me tendiera sobre la mesa. El médico, un hombre que 
se parecía a alguien al que podía haber conocido hacía varias décadas, se afanó 
con su equipo mientras yo intentaba controlar mi respiración. Me sentí 
agradecida cuando me hundió la extensión del ordenador en mi alvéolo occipital y 
desconectó mi control motor. Ahora ya no tenía que preocuparme acerca de si iba 
a preguntarme si lo conocía o no. A medida que ine iba haciendo vieja, descubría 
que eso constituía cada vez más un problema. A estas alturas debo de haber 
conocido a una veintena de miles de personas, y hablado con ellas lo suficiente 
como para crear una impresión en mi mente. La cosa se vuelve cada vez más 
confusa. 


Quitó mi caja craneana y se preparó para tomar una imagen 
multiholo de mí, un análogo químico de todo lo que jamás hubiera pensado y 
recordado o sólo soñado vagamente. Fue un bendito alivio cuando me deslicé a la 
inconsciencia. 


La frialdad y el brillo del acero inoxidable bajo las yemas de 
mis dedos. Hay un olor de alcohol isopropil, y un asomo de acetona. 


La consulta del médico. Recuerdos de la infancia saltan 
sobre mí, desencadenados por los olores. Excitación, cambio, mi madre de pie a 
mi lado mientras el médico extirpa mi dedo roto para reemplazarlo por otro, 
nuevo y rosado, Permanezco tendida en la oscuridad y recuerdo. 


Hay una luz, una luz dolorosa que surge de ninguna parte, y 
noto mi pupila contraerse, como único movimiento de todo mi cuerpo. 

-Está dentro --oigo. 


Pero no lo estoy, no realmente. Tan sólo estoy tendida allí, en 
la bendita oscuridad, incapaz de moverme. 


Regresa en una oleada, la recuperación de mi cuerpo. Viajo de 
regreso por los interminables nervios para golpear duramente contra la parte 
interior de mis manos y pies, para girar en los abismos de mis pezones y 
picotear en mis labios y nariz. Ahora estoy dentro. 


Me senté rápidamente, sostenida por los brazos del médico. Me 
debatí durante unos segundos antes de sentirme capaz de relajarme. Los dedos me 
hormigueaban y sufrían calambres con la pegajosidad de la hiperventilación. 



-Guau --dije, sujetándome la cabeza con las manos-. Ha sido una 
pesadilla. Pensé... 


Miré a mi alrededor y vi que estaba desnuda sobre la mesa con 
cubierta de acero, con varios rostros preocupados mirándome desde todos lados. 
Sentí deseos de retirarme de nuevo a la oscuridad y dejar que mi interior se 
asentara. Vi el rostro de mi madre, y no conseguí hacerlo desaparecer. 


-¿Carnaval? -pregunté a su fantasma. 


-Estoy aquí, Ardilla --dijo ella, y me tomó en sus brazos. 



Era extraño y desagradable, con ella de pie en el suelo y yo 
sobre la mesa. Había cables arrastrándose desde mi cuerpo. Pero necesitaba que 
alguien me reconfortara. No sabía dónde estaba, la gente se solidificaba a mi 
alrededor con la rapidez de una precipitación química producida inmediatamente 
antes de mi despertar. 


-Ahora ya está bien --dijo el médico, volviéndose desde sus 
instrumentos. 


Me sonrió impersonalmente mientras empezaba a retirar los 
cables de mi cabeza. No le devolví la sonrisa. Ahora sabía dónde estaba, con 
tanta seguridad como si nunca hubiera conocido otra cosa. Recordé haber entrado 
allí hacía tan sólo unas horas. 


Pero sabía que había sido más que unas horas. Había leído sobre 
la desorientación cuando un nuevo cuerpo es despertado con recuerdos 
trasplantados. Y mi madre no estaría allí a menos que algo hubiera ido muy mal. 



Había muerto. 


Me administraron un sedante suave, me ayudaron a vestirme, y el 
brazo de mi madre me condujo por los blandos pasillos enmoquetados hasta la 
oficina del presidente del banco. Todavía no estaba completamente despierta. Los 
pasillos estaban dolorosamente silenciosos, salvo por el ruido de nuestros pies 
sobre la moqueta color vino. Sentía como si la presión fluctuara locamente, 
haciendo que mis oídos chasquearan y silbaran. No podía ver hasta demasiado 
lejos. Me sentí agradecida de abandonar los evanescentes puntos de dispersión 
del corredor por los panelados marrones de laminado de madera y la frialdad y 
los ecos de un suelo de mármol blanco. 


El presidente del banco, el señor Leander, nos indicó nuestros 
asientos. Me sumergí en el terciopelo púrpura y dejé que me envolviera. Leander 
se sentó frente a nosotras y nos ofreció bebidas, Las rechacé. La cabeza ya me 
daba vueltas, y sabía que tenía que prestar atención a lo que decía. 


Leander tomó un expediente que tenía sobre su escritorio. El 
mío, imaginé. Había sido acabado de imprimir recientemente por la terminal 
situada a su derecha. Lo había conocido brevemente antes; era una persona 
agradable, elegida para su trabajo de relaciones públicas a causa de la buena 
voluntad con que llevaba aquel cuerpo de hombre maduro que inspiraba confianza. 
Aparentaba unos sesenta y cinco años. Probablemente tenía más de veinte por 
encima de ellos. 


Me hizo el efecto de que no se decidía a enfocar el asunto, así 
que hice una pregunta. Una que era muy importante para mí en aquel momento. 



-¿En qué fecha estamos? 


-Estamos en el mes de noviembre --dijo pesadamente-. Y el año 
es el trescientos cuarenta y dos. 


Había estado muerta durante dos años y medio. 


-Escuche ---dije-, no deseo seguir haciéndole perder su tiempo. 
Debe de tener usted algún folleto que pueda darme y que me ponga al corriente de 
todo. Si me lo entrega, me iré. Ah, gracias por todas las 
molestias.

Agitó la mano hacia mí cuando hice ademán de 
levantarme.

-Le agradecería que se quedara un poco más. El suyo es un 
caso poco habitual, señorita Ardilla. Yo..., bueno, se trata de algo que nunca 
había ocurrido antes, en la historia del Archimedes Trust 
Association.

-¿Sí?

-Entienda, ha estado usted muerta, tal como 
habrá imaginado inmediatamente después de que la despertáramos. Lo que 
probablemente ignora usted es que ha muerto más de una vez desde último 
registro.

-¿Más de una vez?

Reconozco que no era una pregunta 
demasiado inteligente, pero ¿qué se suponía que debía preguntar?

-Tres 
veces.

-¿Tres?

-Sí, tres veces consecutivas. Sospechamos 
asesinato.

La habitación permaneció en absoluto silencio durante un rato 
Finalmente, decidí que necesitaba aquella copa. Me la sirvió, y bebí de un 
trago.

---Quizás su madre pueda decirle algo más al respecto -sugirió 
Leander-. Ha seguido muy de cerca todos los acontecimientos. me he enterado de 
ello muy recientemente. ¿Carnaval?


Volví a mi apartamento en un estado de aturdimiento total Cuando me hube 
instalado en él, los efectos del calmante habían empezado a desaparecer, y pude 
enfrentarme a mi situación con mente clara. Pero tenía la piel de 
gallina.

Escuchar en tercera persona las cosas que tú has hecho no es una 
experiencia de las más agradables. Decidí que ya era tiempo de que todos 
nosotros, incluso yo, hiciéramos frente a algunos hechos sobre los que 
generalmente no nos gusta pensar. El primer punto en el orden del día era 
reconocer que las cosas que habían hecho aquellas tres anteriores personas no 
habían sido hechas por mí. Yo era una nueva persona, la cuarta en la línea de 
sucesión. Tenía muchas cosas en común con las anteriores encarnaciones, 
incluidos todos mis recuerdos hasta aquel día en que me entregué a la máquina 
grabadora de recuerdos. Pero el yo de aquel momento y lugar había sido 
asesinado.

Había durado más que los otros. Casi un año, había dicho 
Carnaval. Luego su cuerpo había sido hallado en el fondo de la Fisura Hadley. 
Era un lugar apropiado para morir; tanto a ella como a mí nos gustaba pasear a 
pie por la superficie en busca de inspiración. 


En aquella ocasión no hubo sospecha de asesinato. Cuando el 
banco tuvo noticia de mi -no, de su- muerte, preparó un clon de la 
muestra de tejido que yo había dejado junto con mi registro. Seis lunaciones más 
tarde, una copia mía fue imbuida con mis recuerdos y se le dijo que acababa de 
morir. Se sintió impresionada, pero parecía estar adaptándose bien en el momento 
en que ella, también, resultó muerta. 


Esta vez hubo más sospechas. No sólo había sobrevivido menos de 
una lunación después de su reencarnación, sino que las circunstancias fueron 
poco habituales. Había sido hecha pedazos en una explosión en el tubotren. Era 
la única pasajera en una cápsula de dos asientos. La explosión había sido 
causada por una bomba de fabricación casera. 


Cabía todavía la posibilidad de que se tratara de una acción al 
azar, posiblemente obra de terroristas políticos. Mi tercera copia no pensaba 
así, no sé por qué. Eso es lo más enloquecedor con la grabación de los 
recuerdos: ser incapaz de sacar provecho de las experiencias de tus anteriores 
yoes. Cada vez que resultaba muerta, retrocedía hasta la casilla anterior, al 
día en que había sido registrada. 


Pero Ardilla 3 tenía razones para mostrarse paranoide. Tomó 
precauciones extraordinarias para permanecer con vida. Más específicamente, 
inventó prevenir las circunstancias que pudieran conducir a su asesinato. La 
cosa funcionó durante cinco lunaciones. 

Murió como resultado de una lucha, eso es seguro. Fue una lucha 
tremendamente violenta, con sangre por todo el apartamento. Al principio la 
policía pensó que debía de haber herido de muerte a su atacante, pero los 
análisis demostraron que toda la sangre había salido de su cuerpo. 


Así que, ¿dónde me conducía todo esto a mí, Ardilla 4? Una hora 
de cuidadosa atención me dejó un cuadro más bien sombrío. Consideremos la 
situación: en cada ocasión, mi asesino había tenido éxito al matarme; por tanto, 
había aprendido cada vez más cosas acerca de mí. A esas alturas, mi asesino 
debía de ser un experto en Ardilla, conocedor de cosas acerca de mí que ni yo 
misma sabía. Como por ejemplo desenvolverme en una lucha. Rechiné los diens 
cuando pensé en eso. Carnaval me dijo que esa Ardilla 3, la más prudente del 
lote, había tomado lecciones de defensa personal. Karate, creo que dijo. ¿Había 
sacado yo algún beneficio de ello? Por supuesto que no. Si deseaba defenderme, 
tendría que empezarlo todo de nuevo, porque todas esas habilidades habían muerto 
con Ardilla 3. 


No, todas las ventajas estaban del lado de mi asesino. El 
asesino empezaba con la ventaja de la sorpresa -puesto que yo no tenía la menor 
idea de quién era-, y aprendía más de mí a cada ocasión en que de nuevo 
conseguía matarme. 


¿Qué hacer? Ni siquiera sabía por dónde empezar. Revisé a todo 
el mundo a quien conocía, buscando un enemigo, alguien que me odiara lo 
suficiente como para matarme una y otra vez. No pude descubrir a nadie. Lo más 
probable era que se tratara de alguien a quien había conocido Ardilla 1 durante 
el año que vivió después del registro. 


La única respuesta que podía dar era la emigración. Abandonarlo 
todo e irme a Mercurio, o a Marte, o incluso a Plutón. Pero ¿garantizaría eso mí 
seguridad? Mí asesino parecía ser una persona desusadamente persistente. No, 
tenía que enfrentarme a aquello allí, donde al menos conocía el terreno. 



No fue hasta el día siguiente cuando me di cuenta de la 
magnitud de mi pérdida. Me había sido robada toda una sinfonía. 


Durante los últimos treinta años yo había sido una 
ambientalista. Había derivado hacia el ambientalismo cuando todavía era una 
forma de arte precoz. Había sido encargada de las máquinas de clima del 
disneylandia de Transvaal, que por aquel entonces era una novedad y el mayor y 
más poderoso de todos los parques ambientalistas en la Luna. Unos cuantos de 
nosotros habíamos empezado a trastear con los programas de clima, al principio 
para nuestra propia diversión. Más tarde invitamos a amigos a contemplar las 
tormentas y puestas de sol que confeccionábamos. Antes de que nos diéramos 
cuenta de ello, los amigos estaban invitando a sus amigos, y la gente de 
Transvaal empezó a vender entradas. 


Gradualmente fui haciéndome un nombre, y descubrí que podía 
ganar más dinero siendo artista que siendo ingeniera. En la época de mi último 
registro era uno de los tres principales ambientalistas de la Luna. 


Luego Ardilla 1 compuso Hielo líquido. Por lo que leí en 
las revistas, dos años después del acontecimiento, fue considerada como el punto 
culminante de ese arte hasta la fecha. Fue representada en el disneylandia de 
Pennsylvania, ante una multitud de trescientas mil personas. Me hizo rica. 



El dinero estaba todavía en mi cuenta bancaria, pero el 
recuerdo de haber creado la sinfonía estaba perdido para siempre. Y eso era lo 
que importaba. 


Ardilla 1 la había escrito, desde el principio hasta el fin. 
Oh, recordaba haber tenido algunas vagas ideas acerca de una composición 
invernal, cosas acerca de las cuales pensaría más tarde y que integraría en un 
todo. Pero el proceso creativo había desaparecido en la cabeza de esa otra 
persona que había sido asesinada. 


¿Cómo se supone que debe reaccionar una persona ante algo así? 
Durante un amargo momento estudié la posibilidad de llamar al banco y hacer que 
destruyeran mi cubo memoria. Si moría esta vez, moriría por completo. El 
pensamiento de una Ardilla 5 alzándose de aquella mesa... era casi insoportable. 
Echaría de menos todo aquello que Ardilla 1, 2, 3 y yo, Ardilla 4, habíamos 
experimentado. Por el momento yo aún tenía muy poca cosa que añadir a la 
personalidad que todas compartíamos, pero incluso los malos momentos eran algo 
que valía la pena conservar. 


0 eso, o efectuar un nuevo registro cada día. Llamé al banco, 
hice algunos números, y descubrí que no era lo suficientemente rica corno para 
permitírmelo. Pero valía la pena estudiar la posibilidad. Si efectuaba una nueva 
grabación cada semana, disponía de todo un año antes de arruinarme por completo. 



Decidí hacer eso, durante tanto tiempo como pudiera. Y para 
asegurarme de que ninguna futura Ardilla iba a tener que pasar por ello de 
nuevo, efectuaría un nuevo registro hoy mismo. Ardilla 5, si alguna vez llegaba 
a nacer, lo haría sabiendo al menos tanto como sabía yo en aquel momento. 



Me sentí mejor una vez efectuado el nuevo registro. Descubrí 
que ya no le tenía miedo a la consulta del médico. Ese miedo procede de la 
aversión habitual que siente uno ante la idea de despertar de la grabación para 
descubrir que ha muerto. Es un idea estúpida, pero procede de la repugnancia que 
sentimos todos a enfrentarnos realmente a los hechos.

Si uno tiene en cuenta la conciencia humana, se dará cuenta de 
que el corte transversal tridimensional de un ser humano que es uno mismo nace 
al levantarse de esa mesa, y empieza a partir de ahí. No puede ocurrir de otra 
manera. La conciencia humana es lineal, avanza a lo largo de una línea temporal 
que tiene un principio y un fin. Si mueres después de un registro, mueres, para 
siempre y sin posibilidad de indulto. No importa que exista un registro de tí y 
que una nueva persona con tus recuerdos hasta un determinado momento pueda ser 
creada; tú estás muerto. Mirándolo desde un punto de vista tetradimensional, ese 
registro memorístico lo único que hace es injertarse a una nueva persona hasta 
un momento determinado en el pasado de la línea de tu vida. Tú no desandas esa 
línea de la vida y te conviertes mágicamente en esa nueva persona. Yo, Ardilla 
4, era solamente un pariente de esa persona que en un momento determinado había 
hecho grabar sus recuerdos. Y si yo moría, sería para siempre. Ardilla 5 
despertaría con mis recuerdos hasta este día, pero yo no sería parte de ella. 
Ella sería una persona independiente. 


¿Por qué hacemos esto? Sinceramente, no lo sé. Supongo que el 
ansia humana de vivir eternamente es tan fuerte que nos aferramos incluso al más 
decepcionante sucedáneo. Hubo un tiempo en que la gente se hacía crionizar 
cuando moría, con la esperanza de ser descongelada en un futuro, cuando los 
seres humanos supieran cómo invertir el proceso de la muerte. Contemplen la Gran 
Pirámide en el disneylandia de Egipto si desean comprobar el auténtico tamaño de 
esta ansia. 


De modo que vivimos nuestras vidas a retazos. Yo podía saber, y 
por supuesto este conocimiento me hacía algún bien, que a miles de años en el 
futuro existiría alguien que sería al menos parcialmente yo misma. Que 
recordaría exactamente las mismas cosas que yo recordaba acerca de su infancia; 
el viaje a Arquímedes, su primer cambio de sexo, sus amantes, sus dolores y sus 
alegrías. Si efectuaba un nuevo registro, recordaría estar pensando lo que yo 
estaba pensando en esos momentos. Y probablemente seguiría hilvanando retazos de 
experiencia que enriquecerían su vida, año tras año. Cada vez que efectuara un 
nuevo registro, una nueva parte de su vida quedaría asegurada para siempre. 
Había un cierto consuelo en saber que mi vida estaba a salvo hasta hacía unas 
pocas horas, cuando se efectuó la grabación. 


Tras pensar en todo esto, me sentí ardientemente decidida a no 
dejar que aquello volviera a ocurrir. Empecé a odiar a mi asesino con una 
intensidad corno nunca había experimentado. Deseaba salir en tromba del 
apartamento y golpearle hasta matarlo con un instrumento contundente. 


Me resistí difícilmente a esa emoción. Eso era exactamente lo 
que debía de estar pretendiendo el asesino. Tenía que recordar que éste sabía 
cuál iba a ser mi primera reacción. Tenía que actuar de una forma que él no 
pudiera prever. 


Pero ¿cuál era esa forma? 


Llamé al departamento de policía y me puso en contacto con la 
detective que llevaba mi caso. Su nombre era Isadora, y tenía algilnos buenos 
consejos que darme. 


--Sé que no van a gustarle, si puedo juzgar por las 
experiencias anteriores -me dijo---. La última vez que se lo propuse, usted lo 
rechazó categóricamente. 


Sabía que iba a tener que acostumbrarme a aquello. La gente no 
dejaría de decirme lo que había hecho, lo que les había dicho. Controlé mi 
irritación y le pedí que siguiera adelante. 


-Se trata simplemente de quedarse tranquila. Ya sé que usted 
piensa que es una buena detective, pero su predecesora probó de forma definitiva 
que no lo es. Si sale usted por esa puerta, estará atrapada. Ese tipo la conoce 
por dentro y por fuera, y usted no tendrá nada que hacer. Puede estar segura de 
ello. 


-¿Eh? ¿Acaso sabe algo al respecto? 


-Lo siento, pero tendrá que ser indulgente conmigo. Ya le he 
contado detalles de este caso dos veces antes de ahora, así que es difícil 
recordar qué es lo que usted no sabe. Sí, sabemos que se trata de un hombre. 0 
lo era, hace seis meses, cuando sostuvo usted aquella tremenda pelea con él. 
Varios testigos informaron haber visto a un hombre con las ropas manchadas de 
sangre; sólo podía tratarse de su asesino. 


-Entonces, ¿están tras su pista? 


Suspiró, y supe que de nuevo volvíamos a pisar terreno 
trillado. 


-No, y otra vez acaba de probar usted que no es una buena 
detective. La idea que tiene de los detectives proviene de haber leído viejas 
novelas. Hoy en día no es un trabajo tan sugestivo como para equipararse al de 
los viejos héroes de ficción; la mayor parte de la gente ignora la forma en que 
trabajamos. Saber que el asesino fue un hombre cuando la mató por última vez no 
significa nada para nosotros. Pudo haber efectuado un Cambio al día siguiente 
mismo. Seguramente se estará preguntando usted si tenemos huellas dactilares 
suyas, ¿no? 


Rechiné los dientes. Todo el mundo tenía ventaja sobre mí. Era 
obvio que había preguntado algo parecido a aquello la última vez que hablé con 
aquella mujer. Y de hecho había pensado en ello. 


-No --dije-. Porque puede haberlas cambiado tan fácilmente como 
su sexo, ¿correcto? 


---Correcto. Más fácilmente aún. El único medio positivo de 
identificación hoy en día es el genotipo, y él no fue lo bastante cooperativo 
como para dejar nada de eso tras él cuando la mató. Debió de ser un auténtico 
bruto, para ser capaz de causarle a usted tanto daño sin recibir él ni siquiera 
un corte. Porque usted estaba armada con un cuchillo. No se halló ni una gota de 
su sangre en la escena del crimen. 

-Entonces, ¿cómo piensan arreglárselas para descubrirlo?

-- Ardilla, necesitaría usted pasar por varios cursos universitarios antes de 
que yo pudiera empezar a explicarle nuestros métodos. Y jamás voy a admitir 
siquiera que nuestros métodos sean buenos. El trabajo de la policía ha sido 
superado por la ciencia desde hace más de un siglo. El criminal moderno dispone 
de muchas cosas a su alcance que hacen nuestro trabajo más difícil de lo que 
usted pueda llegar a imaginar. Esperamos atraparle dentro de un plazo de cuatro 
lunaciones, sin embargo, si usted se queda tranquilamente en su casa y deja de 
intentar perseguirle. 


-¿Por qué cuatro meses? 


-Lo estamos rastreando por ordenador. Tenemos programas muy 
precisos que utilizamos cuando andamos tras un tipo como ése. Es una de nuestras 
armas más importantes. Con tiempo suficiente, somos capaces de atrapar 
aproximadamente a un sesenta por ciento de los criminales. 


-¿Un sesenta por ciento? -grazné- ¿Se supone que eso debe 
animarme? ¿Especialmente cuando están enfrentándose con un maestro como parece 
ser mi asesino? 


Meneó la cabeza. 


-No es un maestro. únicamente es obcecado. Y eso va en contra 
suya, no en su favor. Cuanto más obcecadamente la persiga. más seguros estamos 
de atraparle cuando cometa un desliz. Ese sesenta por ciento se aplica a los 
delitos en general; en el asesinato, la proporción es de un noventa y ocho por 
ciento. Se trata de crímenes pasionales, cometidos habitualmente por 
aficionados. 
Los profesionales no entran en ello, y tienen sus razones. Las 
penalizaciones son tan severas que lo arruinan a uno, y la víctima está ya 
paseándose de nuevo por las calles cuando uno se halla todavía en juicio. 



Pensé en aquello, y descubrí que hacía que me sintiera mejor. 
Mi asesino no era un criminal fuera de lo común. No era perseguida ni por Fu 
Manchu ni por el profesor Moriarty. Era simplemente una persona como yo misma, 
novata en estos asuntos. Alguien a quien Ardilla 1 le había hecho algo lo 
bastante irritante como para que se decidiera a correr el riesgo de arruinarse 
matándome. Lo rebajé a unas dimensiones estrictamente humanas. 


-¿Así que está dispuesta a salir de nuevo y perseguirle? se 
burló Isadora. 


Creo que mis pensamientos estaban escritos en mi rostro. 0 tal 
vez estaba basándose en nuestras anteriores conversaciones. 


-¿Por qué no? -pregunté. 

-Porque, como ya le he dicho, será él quien la alcanzará antes 
a usted. Puede que no sea un profesional, pero es un experto en usted. Siempre 
sabe cuál va a ser su siguiente paso. Una de las cosas que cree saber es que 
usted no va a hacer caso de mi consejo. Puede que en estos momentos esté 
esperando al otro lado de su puerta, listo para el momento en que termine esta 
conversacion conmigo, como hizo usted la última vez. La última vez, él no estaba 
ahí. Pero puede que esta vez sí esté. 


Aquello me enfrió un tanto. Miré nerviosamente hacia mi puerta, 
que estaba protegida por ocho distintos sistemas de seguridad adquiridos por 
Ardilla 3. 


---Quizás tenga razón. De modo que lo que usted quiere es que 
simplemente me quede aquí y espere. ¿Por cuánto tiempo? 


-Todo el tiempo que sea necesario. Quizá un año. Esa cifra de 
cuatro lunaciones es el punto máximo de una curva de ordenador. Se reducirá a 
una seguridad virtual en poco más de un año, aproximadamente. 


-¿Por qué no me quedé aquí la última vez? 


-Una combinación de estúpido valor, odio, y miedo al 
aburrimiento-. Buscó mis ojos, intentando descubrir las palabras que me hicieran 
aceptar el consejo que Ardilla 3 había despreciado fatalmente-. Comprendo que es 
usted una artista -prosiguió-. ¿Por qué no puede simplemente... hacer lo que 
hacen los artistas cuando están elaborando una nueva composición? ¿No puede 
usted trabajar ahí en su apartamento? 


¿Cómo podía decirle que la inspiración no es algo que uno pueda 
encargar a voluntad? La escultura meteorológica es una disciplina sutil. La 
visualización es dificil; uno no puede probar una nueva idea del mismo modo que 
lo haría para componer una canción, acudiendo simplemente a un piano o una 
guitarra. Claro que puedes acudir a una simulación por ordenador, pero jamás 
sabrás realmente lo que tienes entre manos hasta que las cintas sean 
introducidas en las máquinas y tú te quedes allí al aire libre y observes la 
tormenta que va tomando forma a tu alrededor. Y no puedes permitirte ninguna 
sesión de prácticas. Son demasiado caras. 


Siempre he necesitado largos paseos por la superficie. Mis 
competidores no pueden comprender por qué. Se contentan con dar una vuelta por 
los distintos parques, normalmente aquellos mismos en los que su composición va 
a ser ejecutada. Yo también lo hago, de acuerdo. Tienes que hacerlo, para 
hacerte una idea de la configuración del terreno. Un ordenador puede decirte a 
qué se parece tu composición en términos de termoclinas, corrientes ascendentes 
y nichos ecológicos, pero tú tienes que ir realmente allí y sentir el terreno, 
captar el aire, oler los árboles, antes de poder componer una tormenta o incluso 
una lluvia de verano. Tienes que formar parte del paisaje.


Sin embargo, mi inspiración procede de la seca, fría y 
desprovista de aire superficie que a tan pocos lunarianos les gusta. No soy una 
subterránea; nunca me han gustado los corredores cerrados, como parecen 
gustarles a muchos de mis amigos. Creo que el negro cielo y el áspero terreno 
son para mí como una tela virgen, y ante ellos siento una sensación que nunca he 
sentido en los disneylandias, donde el paisaje es lujuriante y variado y siempre 
hay una meteorología en evolución, aunque sea sólo parcialmente nubosa y 
cálida.
¿Puedo componer sin esos largos y solitarios paseos?
Pensemos de 
nuevo en ello, ¿puedo permitirme no hacerlo?
-De acuerdo. Me quedaré en casa 
como una buena chica.



Tuve suerte. Lo que hubiera podido ser un purgatorio 
interminable se convirtió en un frenesí creativo como nunca había experimentado. 
La frustración de sentirme encerrada en mi apartamento se sublimó en grandes 
oleadas de tornados y masas de cúmulos. Empecé a escribir mi obra maestra. El 
título de trabajo era Una conflagración de ciclones. Así me sentía de 
furiosa. Más tarde mi agente me habló de reducirlo a un más elegante Ciclón, 
pero siempre fue una conflagración para mí. 
Muy pronto había conseguido 
olvidar virtualmente a mi asesino.

No obstante, nunca lo conseguí por completo; después de todo, 
necesitaba el pensamiento de él abalanzándose sobre mí para que me sirviera de 
tela sobre la cual pintar mi odio. Muy pronto tuve un horrible pensamiento, del 
que hice partícipe a Isadora. 

-Se me ha ocurrido que lo que ha construido usted aquí es una 
magnífica ratonera, y yo soy el trozo de queso -le dije. 
-Ha captado usted 
lo esencial del asunto -admitió.

-Acabo de descubrir que el papel de cebo no me gusta en 
absoluto. 
-¿Por qué no? ¿Acaso tiene miedo?

Vacilé; pero ¿por qué demonios tenía que sentirme avergonzada 
de ello? 

-Sí, supongo que tengo miedo. ¿Qué puede decirme que me haga 
quedarme aquí, cuando podría estar haciendo lo que mis instintos me dicen que 
debo hacer, que es correr como una condenada? 

-Esa es una buena pregunta. Mire, la suya es la situación 
ideal, al menos en lo que a la policía se refiere. Tenemos a la víctima en un 
lugar donde puede ser vigilada en condiciones de perfecta seguridad, y tenemos 
al asesino suelto. Además, se trata de un asesino obseso, que no podrá 
permanecer mucho tiempo alejado de usted. No tardará mucho en intentar su golpe, 
y entonces lo atraparemos en el momento en que busque la forma de alcanzarla. 

-¿Hay posibilidades de que lo consiga?

-No. Un asesino no cualificado no. Cualquiera de esos 
artilugios que tiene usted en su puerta deben ser suficientes para mantenerlo 
fuera. Aparte eso, sus alimentos y su agua están siendo comprobados antes de que 
lleguen hasta usted. Esas son posibilidades muy remotas, desde luego, puesto que 
estamos convencidos de que lo que desea su asesino es disponer completamente de 
su cuerpo, matarla por completo. El envenenamiento no le sirve. Simplemente la 
resucitaríamos, y todo empezaría de nuevo. Pero si no podemos encontrar al menos 
un fragmento de su cuerpo, la ley nos impide revivirla. 
-¿Qué hay acerca de 
bombas?

-El corredor de la parte de fuera de su apartamento está 
vigilado. Se necesitaría una bomba de mucha potencia para hacer volar su puerta, 
y no dispone de tiempo suficiente para colocar en su lugar una bomba de ese 
tamaño. Tranquilícese, Ardilla. Hemos pensado en todo. Está usted segura. 

Colgó, y entonces llamé al Ordenador Central.

--OC --dije, para conseguir línea-, ¿puedes decirme qué haces 
para atrapar asesinos? 

-¿Está hablando usted de asesinos en general, o del que le 
interesa en particular? 

-¿Qué es lo que piensas tú al respecto? No creo completamente a 
esa detective. Lo que quiero saber de ti es lo que puedo hacer para ayudar. 

-Es muy poco lo que puede hacer --dijo el OC-. Aunque, en mi 
calidad de Ordenador Central, o controlador lunar, no estoy al cargo de la 
detención de criminales, actúo en calidad de supervisor con respecto a varios 
ordenadores satélite. Utilizan una compleja teoría de números, correlacionada 
con los inputs diarios de todas mis terminales. El habitante medio de la Luna 
utiliza mis servicios unas veinte veces al día, y la mayoría de esas 
transacciones implican un muestreo epidérmico de rutina para genoanálisis 
positivo. Correlacionando esas transacciones con el momento y el lugar en que se 
producen, estoy capacitado para construir un modelo dinámico de lo que ha 
ocurrido, de lo que posiblemente pudo haber ocurrido, y de lo que no puede haber 
ocurrido. Con los adecuados programas periféricos, puedo pulir este modelo hasta 
un alto grado de precisión. Por ejemplo, en el momento de su asesinato fui capaz 
de asignar un índice de probabilidad de quién podía ser responsable sobre un 
noventa y nueve coma nueve tres por ciento de todos los seres humanos de la 
Luna. Eso me dejó con un total de doscientas diez mil personas que hubieran 
podido hacerlo. Trabajé a partir de los datos que situaban a cada persona en un 
lugar en particular en un momento en particular. Un posterior análisis de 
factores reales como un posible motivo redujo el número de esos primeros 
sospechosos. ¿Desea que prosiga? 

-No, creo que he captado la idea general. Cada vez que he 
resultado asesinada tú has ido estrechando tu círculo. ¿Cuántos sospechosos 
quedan ahora? 

-No ha enunciado usted correctamente la cuestión. Tal conio 
dejaba entrever mi afirmación original, todos los residentes en la Luna siguen 
siendo sospechosos. Pero a cada uno de ellos le ha sido asignada una 
probabilidad, que va de un grupo muy amplio con una probabilidad de diez a la 
menos veintisiete potencia hasta veinte individuos cuyas probabilidades 
ascienden a un trece por ciento. 
Cuanto más pensaba en aquello, menos me 
gustaba.

-Nada de eso suena como que exista alguien a quien puedas 
asignar el título de sospechoso número uno. 

-Ciertamente no. Este es un caso muy intrigante, debo 
reconocerlo. 
-Me alegra que pienses así.

-Sí ---dijoel ordenador, indiferente como siempre a todo 
sarcasmo---. Quizá tenga que hacer que me reescriban algunos de mis programas. 
Nunca hemos llegado tan lejos sin ser capaces de someter una evaluación de hasta 
un noventa y nueve por ciento al Banco de Datos del Gran Jurado. 

-Entonces Isadora me está tomando el pelo, ¿no? No tiene 
ninguna base sobre la cual trabajar. 

-Eso no es estrictamente cierto. Posee un análisis, una curva, 
que sitúa los porcentajes de captura en una posibilidad casi absoluta dentro del 
plazo de un año. 
-Tú fuiste quien le proporcionó esa estimación, 
¿no?
-Por supuesto.

-Entonces, ¿qué demonios hace ella? Escucha, te lo diré 
francamente, no me hace ninguna gracia depositar mi destino en sus manos. Tengo 
la impresión de que este trabajo de detective consiste únicamente en ir ganando 
tiempo. ¿No es así? 

-Las leyes sobre la protección de la intimidad me impiden 
expresar mi opinión acerca de la valía, los logros o la inteligencia de un 
ciudadano humano. Pero puedo proponerle una comparación. ¿Confiaría usted la 
construcción de sus sinfonías a un único ordenador? ¿Pondría usted su nombre a 
un trabajo que hubiera sido generado únicamente por mí? 
-Entiendo lo que 
quieres decir.

-Exactamente. Sin un ordenador usted nunca podrá calcular todos 
los factores que necesita para una sinfonía. Pero yo no escribo sinfonías. Es su 
destello creativo el que hace girar las ruedas. Incidentalmente, se lo dije a su 
antecesora, aunque por supuesto usted no lo recuerda. Me gustó tremendamente su 
Hielo líquido. Fue un auténtico placer trabajar con usted en esa obra. 

-Gracias. Me gustaría poder decir lo mismo.
Corté la comunicación, sin 
sentirme mejor que cuando la inicié.

La mención de Hielo líquido me había hecho sentirme de 
nuevo agitada. ¡Robada! ¡Violada! Hubiera preferido haber sido violada en masa 
por una manada de chimpancés que haber sido privada de todos mis recuerdos. 
Había pasado los vídeos de Hielo líquido, y eran realmente maravillosos. 
Magníficos, y podía decirlo sin falso orgullo, porque yo no los había escrito. 



Mi vida se hizo muy sencilla. Trabajé -a veces doce y catorce 
horas diarias---, comí, dormí, y trabajé más. Dos veces al día me pasaba una 
hora aprendiendo a luchar ante la holovisión. Todo aquello era altamente 
teórico, por supuesto, pero tenía su valor. Me mantenía en forma y me daba una 
sensación de confianza. 

Por primera vez en mi vida obtuve una buena idea de lo que 
hubiera sido mi cuerpo si no lo hubiera manipulado. Había nacido mujer, pero 
Carnaval deseaba educarme como a un chico, de modo que me hizo Cambiar cuando 
tenía dos horas de edad. Ésa es otra de sus contradicciones que acostumbraba a 
enfurecerme pero que, a medida que iba haciéndome mayor, empecé a amar. Quiero 
decir, ¿por qué pasar todo ese dolor y todos los trastornos de concebir un niño, 
llevar la gestación hasta el final y hacerlo nacer de forma natural, todo ello 
debido a un declarado desagrado a las manipulaciones..., y luego cambiar por 
completo y negarse a aceptar los resultados de la lotería de la naturaleza? He 
llegado a la conclusión de que se trata de una consecuencia de su edad. En la 
actualidad tenía casi doscientos años, lo cual sitúa su infancia muy atrás en 
los días anteriores al Cambio. En aquellos días -nunca he comprendido por qué-, 
había una predilección por los niños. Creo que nunca logró liberarse de esa 
predilección. 

Sea como fuere, pasé mi infancia en masculino. Cuando conseguí 
mi primer Cambio, elegí yo misma mi diseño corporal Í Ahora en un cuerpo clónico 
de seis lunaciones de edad que reflejaba de forma natural mi actual estructura 
genética, me sentía complacida al comprobar que mi primer diseño corporal 
femenino no había estado muy alejado de la verdad. 

Era bajita, con unos pechos pequeños y un cuerpo en absoluto 
llamativo. Pero mi rostro era hermoso. Atractivo, quiero decir. Me gustaba la 
nariz. La edad del cuerpo clónico acelerado era de unos diecisiete años; quizá 
la nariz perdiera su cualidad respingona en unos cuantos años más debido al 
crecimiento natural, pero esperaba que no. Si lo hacía, debería ponerle remedio. 


Efectuaba un registro a la semana. Era la única ocasión en que 
veía a gente de carne y hueso. Carnaval, Leander, Isadora y un médico entraban 
en casa y permanecían allí durante un rato después de efectuado el registro. 
Necesitaban una hora en cada sentido para cruzar los dispositivos de seguridad. 
Admito que me hacía sentir un poco más segura el ver cuánto tiempo necesitaban 
incluso mis amigos para alcanzar mi apartamento. Era como si hubiera una 
fortaleza invisible al otro lado de mi puerta. ¡Atrévete a entrar si puedes en 
mi salón, asesino! 

Trabajé con el OC como nunca lo había hecho antes. Escribimos 
nuevos programas que produjeron modelos tetradimensionales en mi visor distintos 
a cualquier otra cosa que hubiéramos hecho nunca. El OC conocía el escenario 
--que tenía que ser el disneylandia de Kansas-, y yo conocía las tormentas. 
Puesto que esta vez no podía trasladarme hasta el escenario antes del concierto, 
tuve que confiar en el OC para que lo reconstruyera para mí en el holotanque. 


Nada me hace sentir más como un dios. Incluso contemplándolo en 
el tanque de tres metros, tenía la sensación de que yo medía treinta, con 
relámpagos en mi pelo y una corona de resplandeciente escarcha. Caminé a través 
del otoño de Kansas, la dorada, ondulante e infinita pradera antes de que el 
hombre de piel roja o de piel blanca llegara. Era el aspecto actual de la 
auténtica Kansas bajo el reinado de los Invasores, que habían arrancado las 
alambradas espinosas, habían alisado los surcos, habían desmantelado las 
ciudades y los ferrocarriles, y habían dejado que el búfalo pastara nuevamente. 


Era un problema logístico al que nunca antes me había enfrentado. 
Pretendía utilizar al búfalo, en vez de mantenerlo a distancia. Necesitaba el 
resonar de los cascos de una estampida; era un elemento muy importante en la 
ambientación que estaba creando.
¿,Cómo hacerlo sin matar animales?

La.dirección del disneylandia no iba a permitir que ninguno de 
sus animales resultara dañado como parte de un espectáculo. Yo estaba 
completamente de acuerdo; de hecho, mi estómago se revolvía ante la mera idea de 
matar a alguno. El arte es una cosa, pero la vida otra, y yo jamás mataré a 
menos que sea para salvar mi propia vida. Sin embargo, el disneylandia de Kansas 
tenía dos millones de búfalos, y yo preveía veinticinco tomados a un mismo 
tiempo. ¿Cómo podía mantener separadas ambas cosas? 

Sutilmente, lo encontré. El OC poseía unos esquemas de 
comportamiento de los búfalos que eran muy fiables. Ese maldito OC lo almacena 
todo; he tenido ocasión más de una vez de darle las gracias por ello. Podíamos 
situar las manadas en un lugar seleccionado y soltar los tornados sobre ellas. 
Los tornados nunca están totalmente bajo tu control -son caprichosos, aunque 
sean fabricados por nosotros-, pero podemos confiar en dominarlos en una 
proporción de cerca del noventa por ciento. El perfil de la manada sobre la que 
estábamos trabajando era fiable hasta dos puntos decimales, y como seguridad 
adicional contra lo imprevisto instalamos varios grupos de bombas destellantes, 
para desviar a la manada si se encaminaba hacia el peligro. 

Hay una interminable serie de detalles a tener en cuenta. 
¿Dónde golpeará el rayo, por ejemplo? En una llanura plana apenas levemente 
ondulada, la acumulación natural de carga eléctrica puede situarse casi en 
cualquier lugar. Teníamos que asegurarnos de que podíamos configurarla en la 
forma en que deseábamos, enterrando quinientos acumuladores que pudieran 
desencadenar a una senal un relámpago aire-a-tierra. Y en el lugar adecuado. El 
aire-a-aire era más difícil. Y en cuanto al rayo en bola..., oh, hermano. Pero 
descubrimos que podíamos conducirlo bastante bien con un cableado subterráneo 
que llevara una corriente eléctrica. Se producirfan algunos fuegos de 
pradera..., así que había que controlar los lugares adecuados para producir 
incendios controlados, y mantener a los búfalos lejos de aquellos lugares 
también; y asegurarnos de que el humo no se dirigiría hacia la audiencia y 
entorpecería la visión, ni hacia las manadas y las asustaría... 
Pero iba a 
ser algo glorioso. 
Transcurrieron seis lunaciones. ¡Seis lunaciones! ¡Eso significaba 177,18353 
días solares! 

Descubrí esa cifra durante un largo período de meditación 
mientras revisaba todo tipo de datos relativos a la investigación. La cual, 
según Isadora, no podía ir mejor. 

Mi opinión era otra muy distinta. El OC tendrá sus fallos, pero 
ocultar datos no es uno de ellos. Pídele cuáles son las cifras, y te las 
imprimirá en tricolor. 

He aquí algunas: probabilidad de una captura según la curva 
original, 93 %. Número total de sospechosos viables que aún quedaban: nueve. 
Mayor índice de posibilidad entre esos nueve posibles. 3,9 %. Ésa era Carnaval. 
Los demás eran también amigos cercanos, y estaban allí simplemente porque habían 
tenido la oportunidad en cada uno de los tres asesinatos. Ni siquiera Isadora se 
atrevía a. especular -al menos no en voz alta, ni a mí- acerca de si alguno de 
ellos tenía un motivo. 
Discutí al respecto con el OC.

-Lo sé, Ardilla, lo sé -respondió, con lo más próximo a la 
desesperación mecánica que haya oído nunca. 
-¿Es todo lo que puedes 
decir?

-No. En realidad, estoy examinando otra posibilidad: la de que 
el asesino sea un fantasma. 
-¿Estás hablando en serio?

-Sí. El término «fantasma» cubre a todos los seres ilegales. 
Estimo que deben de existir del orden de doscientos de ellos viviendo fuera de 
la existencia legal en la Luna. Se trata de criminales ejecutados con su derecho 
a la vida revocado oficialmente, niños no autorizados jamás registrados, y 
algunos sospechosos de ser mutantes artificiales. Estos últimos son el resultado 
de experimentos prohibidos con ADN humano. Todas esas situaciones son difíciles 
de ocultar mucho tiempo, y descubro unos cuantos sujetos cada año. 

-¿Qué 
es lo que haces con ellos?

-No tienen derecho a la vida. Debo ejecutarlos cuando los 
descubro. 

-¿Lo haces realmente? ¿No se trata tan sólo de una forma de 
hablar? 

-Lo hago realmente. Es un trabajo que los humanos consideran 
desagradable. Nunca he conseguido que nadie se haga cargo, asi que he tenido que 
asumir yo mismo la tarea. 

Aquello no iba comnigo. Siempre me he mostrado atávicamente 
opuesta a descargar el funcionamiento total de la sociedad sobre las máquinas. 
Eso procede de mi madre, que se pasa años enteros sin dignarse hablarle al OC. 


-Así que crees que es alguien así el que puede estar tras de 
mí... ¿Por qué? 

-Hay insuficiencia de datos para dar una respuesta 
significativa. «Por qué» siempre ha sido una cuestión difícil para mí. Sólo 
puedo operar con los parámetros con los que se me alimenta cuando estoy 
enfrentándome con motivaciones humanas, y sospecho que los parámetros no son 
completos. Me estoy sorprendiendo constantemente. 
---Gracias a Dios por eso. 


Pero esta vez, hubiera deseado que el OC supiera un poco más 
acerca del comportamiento humano. 

Así que estaba siendo perseguida por un espectro... Aquello no 
me traía ninguna paz de espíritu. Intenté pensar en cómo una persona así podía 
existir en este mundo computarizado en que vivimos, donde todos y cada uno 
estamos registrados en fichas. Una rata tecnológica, más lista que los 
ordenadores, capaz de introducirse en las fisuras y los huecos de los circuitos 
integrados. ¿Dónde estaban esas fisuras? No podía encontrarlas. Cuando pensaba 
en los controles y los dispositivos de seguridad que nos rodean constantemente, 
en el genoanálisis a que nos sometemos de forma voluntaria cada vez que gastamos 
dinero, o tomamos el metro, o cerramos un trato, o nos comunicamos con el 
ordenador... 
Antes la gente acostumbraba a firmar varias veces al día con su 
nombre, o eso tengo entendido. Ahora, rascamos un poquito de la piel muerta de 
nuestras palmas cada vez. Es algo terriblemente difícil de falsificar. 

Pero ¿cómo puede uno atrapar a un fantasma? Estaba 
enfrentándome a la vida como un anacoreta, si aquel asesino estaba realmente tan 
decidido a que yo muriera. 

Esta conclusión me llegó en un mal momento. Había terminado 
Ciclón, y para relajarme había pedido los filmes de algunos de los espectáculos 
que se habían producido durante mi ausencia de la escena artística. No debí 
haberlo hecho. 
La espectacularidad había desaparecido. Había sido sustituida 
por una discreta elegancia. Una de las críticas que leí era muy halagadora para 
con mi Hielo líquido. Cito: «En esta obra Ardilla ha dado carpetazo a la 
escuela de sangre y trueno del ambientalismo. Esta vigorosa afirmación resume 
todas las cosas que pueden conseguirse mediante una diáfana magnitud y un 
abrumador drama. Las futuras producciones deberán preocuparse por las suaves 
tonalidades del crepúsculo, la elusiva respiración de una brisa de verano. 
Ardilla es el Tchaikovski de los ambientalistas, el último gran romántico que 
pinta sus escenas sobre una enorme tela. El si podrá ajustarse a los nuevos y 
más meditativos estilos que están evolucionando en las obras de Janus o Pym, o 
incluso en algunas de las ambiguas abstracciones que hemos visto de Tyleber, es 
algo que aún falta por ver. Nada podrá hacer palidecer la sublime gloria de 
Hielo líquido, por supuesto, pero los tiempos cambian...». Y así 
continuaba. 


Por un horrible momento pensé que tenía un hermoso dinosaurio 
entre las manos. Puede ocurrir, y las posibilidades se ven incrementadas tras 
una reencarnación. Los avances de la tecnología, las costumbres, las fronteras, 
los gustos o la moralidad pueden hacer que lo mejor de nosotros quede anticuado 
de la noche a la mañana, ¿Estaba todo el mundo contemplando ahora suaves escenas 
primaverales, tras mi largo sueño? ¿Eran los fríos y suaves céfiros de una noche 
de verano lo único que tenía significado ahora? 

Sin embargo, una llamada llena de pánico a mi agente despejó 
rápidamente aquel temor. Como siempre, las afinnaciones de los críticos iban por 
delante de los gustos del público. No estoy atacando a los críticos; ésa es su 
función, si les concedemos que tengan alguna: trazar el mapa de un territorio 
inexplorado y marcar caminos en él. Deben permanecer a la cabeza de la evolución 
artística innovadora, deben ser capaces de ver lo que todo el mundo verá dentro 
de algunos años. Mientras tanto, el público seguía devorando aún el tipo de 
superespectáculo en el que yo me había especializado siempre. Corría el riesgo 
de ser etiquetada yo también como un dinosaurio, pero descubrí que la 
perspectiva no me preocupaba. Había llegado a ser una artista penetrando por la 
puerta trasera, exactamente igual que los chapuceros del Hollywood de principios 
del siglo XX. Antes de ser descubierta, no era sino unaingeniera ambientalista 
que pasaba por una buena época. 

Eso no quiere decir que no me tome mi arte en serio. Sudo sobre 
él, invirtiendo inspiración y transpiración casi en las proporciones clásicas de 
Edison. Pero no me tomo a los críticos demasiado en serio, especialmente cuando 
no expresan los gustos del público. El hecho de que Beethoven no suene mucho en 
el arte popular de nuestros días no quiere decir que su música carezca de valor. 


Me encontré pensando en los viejos tiempos antes de que el 
ambientalismo adquiriera un tal auge. Por aquel entonces éramos muy 
despreocupados. Celebrábamos largas discusiones sobre el tema, hablando de lo 
que haríamos si se nos proporcionara un ambiente lo bastante grande. Pasábamos 
meses enteros elaborando los programas de algo que se llamaría ¡Tifón! Era un 
huracán en una botella, y la botella debía tener quinientos kilómetros de ancho. 
Sigue sin existir una tal botella, pero cuando se construya siempre habrá algún 
loco que montará el espectáculo. Quizá yo. Los viejos buenos días nunca mueren, 
ya saben. 

De modo que mi agente llegó a un acuerdo con el propietario del 
disneylandia de Kansas. El propietario había sabido que yo estaba trabajando en 
algo para su territorio, pero yo no le había hablado de nada al respecto. Las 
condiciones eran generosas. Mi agente le había puesto ante los ojos la relación 
de beneficios de Hielo líquido, que aún se seguía interpretando 
anualmente con llenos completos en Pennsylvania. Obtuve un cincuenta por ciento 
de la recaudación bruta de taquilla, con el coste de la instalación y del tiempo 
de ordenador repartidos entre yo y el disneylandia. Calculé que podía conseguir 
unos cinco millones de marcos lunares. 

Y fui robada de nuevo. No asesinada esta vez, sino robada de mi 
posibilidad de ir hasta Kansas y supervisar la instalación del equipo. Tuve un 
fuerte altercado con Isadora, y me hubiera marchado violentamente de mi 
apartamento, armada sin otra cosa que una lima de uñas, de no haber sido por la 
visita que me hizo Carnaval para suplicarme que reconsiderara mi actitud. De 
modo que reconsideré mi actitud y me quedé sentada en casa, yendo a Kansas 
únicamente por medio de las proyecciones holográficas. Me hundí en las más 
negras dudas. Después de todo, ni siquiera había sentido la hierba de Kansas 
bajo mis pies desnudos esta vez. No había estado allí en carne y huesos desde 
hacía más de tres años. Mi método habitual, antes incluso de concebir un 
proyecto, es pasar una o dos semanas errando desnuda por el parque, captándolo a 
través de mi piel y de mi olfato, y de todos esos sentidos que ni siquiera 
tienen nombre. 

El OC necesitó tres horas de amable discusión para convencerme 
de nuevo de que los modelos que habíamos escrito eran ajustados hasta el séptimo 
decimal. Eran perfectos. Una acción representada en el modelo de ordenador era 
un análogo perfecto de la auténtica acción en Kansas. El OC dijo que podía 
incluso ganarme mi buen dinero simplemente alquilando aquel software a otros 
artistas. 


El día del estreno de Ciclón me encontró todavía en mi 
apartamento. Pero me preparaba para salir de allí. 

Pequeña como soy, conseguí de alguna manera cruzar aquella 
puerta mientras Carnaval, Isadora, Leander y mi agente me tiraban de los codos. 

No iba a asistir al estreno contemplándolo a través del tubo.

Llegué a primera hora, rodeada por mi cuerpo de guardia 
improvisado. El cielo concordaba con mi estado de ánimo; gris, nuboso, 
ligeramente impresionante. Pesaba sobre nosotros, y me sentí cada vez más como 
un cordero sacrificial subiendo a algún oscuro altar. Pero era un maravilloso 
escenario para morir. 

El disneylandia de Kansas es uno de los más nuevos, y uno de 
los más grandes. Es un cilindro hueco excavado a veinte kilómetros por debajo de 
Clavius. Mide doscientos cincuenta kilómetros de diámetro y tiene cinco 
kilómetros de alto. Su borde está hábilmente disimulado a fin de que se funda 
con el azul del cielo. Cuando te hallas a medio kilómetro del borde, la ilusión 
desaparece; de otro modo, uno puede pensar que se halla directamente de vuelta a 
la Vieja Tierra. La curvatura del suelo se corresponde con la de la Vieja 
Tierra, de modo que el horizonte está terriblemente alejado. Sólo la gravedad es 
lunar. 

Kansas fue construido después de que la mayor parte de las más 
espectaculares posibilidades hubieran quedado agotadas, tanto en la Luna como en 
cualquier otro planeta. Estaba Kenya. debajo del Mare Moscoviense; Himalaya, 
igualmente en la Cara Lejana; Amazonia, bajo el viejo Tycho; PennsyIvania, 
Sahara. Pacífico, Mekong, Transilvania. Había treinta disneylandias bajo los 
planetas y satélites habitados del sistema solar, la última vez que los conté. 


Kansas es desde luego el menos interesante, topográficamente 
hablando. Es llano, casi monótono. Pero era perfecto para lo que yo deseaba 
hacer. ¿Qué artista elige realmente pintar sobre una tela que ya ha sido 
cubierta por otras pinturas? Bueno, yo lo había hecho una vez. Pero en el estado 
de espíritu en que me sentía cuando escribí Ciclón necesitaba la 
desolación del cielo abierto, y los marrones y amarillos de un ondulante 
terreno. Era el lugar de donde Dorothy partió hacia Oz. El hogar del tornado 
negro. 

Fui calurosamente acogida por Janus y Pym, viejos amigos 
venidos a ver lo que el gran maestro iba a ofrecerles. O así lo imaginó mi 
vanidad. Muy probablemente estaban allí para ver a la vieja dama hacer la 
estúpida. Muy pocas otras personas eran capaces de conseguir acercarse tanto a 
mí. Mi escudo de anchos hombros era muy efectivo. No lo sería tanto cuando 
empezara el espectáculo, sin embargo. Deseé ser un poco más alta; luego me 
pregunté si aquello no haría de mí un blanco más fácil. 

La zona destinada a los espectadores era un suave altiplano de 
aproximadamente un kilómetro de radio. Estaba escrito en el programa que el País 
de Oz se vería al abrigo de los más terribles fenómenos. Pero ser espectador de 
un espectáculo meteorológico tiene sus riesgos. La mayoría habían venido 
preparados con impermeables de plástico, trajes aislantes y botas. Había 
previsto hacer intervenir algunas masas de aire cálidas y otras frías para 
impedir que las cosas dejaran de funcionar, y algo de aquel movimiento iba a 
afectarnos inevitablemente. Había algunas almas valientes que llevaban las 
pinturas de guerra, plumas y mocasines de los aborígenes norteamericanos. 

Un happening ambientalista no tiene obertura como una 
sinfonía musical. Se halla ya en funcionamiento cuando uno llega, y sigue 
adelante cuando uno se va. El clima en un disneylandia es un proceso continuo, y 
nosotros simplemente modelamos algunas de sus horas a voluntad. El observador no 
necesita contemplarlo en su totalidad. 

Por otra parte, sería imposible hacerlo, ya que todo ocurre 
alrededor y encima de uno. No hay regla de silencio. La gente habla, va de un 
lado para otro, abre sus cestas de picnic como una antigua señal para que se 
inicie la lluvia, y generalmente se lo pasa bien. Uno saborea la sinfonía con 
los cinco sentidos, y con algunos más de los que ni siquiera se es consciente. 
La mayor parte de las personas no se dan cuenta del efecto de una gigantesca 
zona de bajas presiones barriendo sobre ellos, pero la sienten de todos modos. 
La humedad altera el estado de ánimo, el metabolismo y el nivel hormonal. Todas 
esas cosas son importantes para la totalidad de la experiencía, y yo no había 
olvidado ninguna de ellas. 

Sin embargo, Ciclón tiene un inicio bien señalado. Al 
menos para el público. Empieza con la obertura de un relámpago. Trabajé en ello 
durante largo tiempo, y lo diseñé para sacudir los nervios. Una lenta 
acumulación de masas nubosas, la ominosa turbulencia, luego el erizarse de los 
pelos de tu cuerpo sin que seas consciente de ello. Y entonces, el golpe. El 
relámpago estalla en diecisiete puntos distintos en un anillo en torno a los 
espectadores, ninguno de ellos más lejos de medio kilómetro. Se le llama 
adecuadamente una cadena de relámpagos, ya que después de la descarga inicial 
sigue fulgurando durante siete segundos completos. Está diseñado para ponerle a 
uno los pelos de punta. 
Obtuvo el efecto deseado. Nos encontramos rodeados 
por una corona de inquietas serpientes incandescentes, retorciéndose y danzando 
con un sonido directamente importado del Apocalipsis. Incluso yo me sentí 
impresionada, y eso que lo estaba esperando. 


Pasaron unos momentos antes de que los espectadores pudieran 
contener sus «oh» y «ah». Durante varios segundos les había alcanzado con un eco 
y desnudo terror. Una emoción como ésa no es corriente entre los insensibles y 
aislados habitantes de los túneles. Los lunarianos tienen realmente poco de qué 
asustarse, pues crecen dentro de sus madrigueras y corredores, y viven sus vidas 
más o menos temerosos de la superficie. Por eso se diseñaron los disneylandias, 
porque la gente deseaba visiones ilimitadas que no se abrieran en el vacío. 

El trueno nunca se detuvo realmente para mí. Se mezcló de modo 
imperceptible con los aplausos, que son infinitamente más valiosos que los 
millones que pueda llegar a conseguir por esa tormenta. 
En cuanto al resto 
del espectáculo.. .

¿Qué puedo decir? Se dice que no hay nada más deprimente que la 
descripción del clima. Estoy convencida de ello; incluso del clima más 
espectacular. El clima es algo experimental; por eso se venden pocos ejemplares 
de los vídeos y filmes de mis obras. Tienes que estar allí y sentir el viento 
azotar realmente tu rostro, y el opresivo peso de un tornado cuando pasa por 
encima de tu cabeza como un vermiforme tren de mercancías. Podría describir 
interminablemente acerca de dónde se crean las nubes en forma de embudo y cuál 
es su proceso y su itinerario desde entonces, dónde caen el agua nieve y el 
granizo, por qué se producen las estampidas de los búfalos... ; pero eso no 
serviría de nada. Si desean ustedes verlo, vayan a Kansas. Según mis últimas 
noticias, Ciclón aún se representa dos o tres veces al año. 

Recuerdo haber permanecido de pie rodeada de un mar de gente. 
Allá a lo lejos, hacia el este, la tierra ardía. El humo negro ascendía de la 
cima de las colinas, y un tizne gris se alzaba por encima de los valles, donde 
las trombas de agua ahogaban los incendios. Al norte, un ciclón hercúleo 
vomitaba una cadena de rayos en bola como perlas y los tragaba hacia el centro 
de su vórtice. Por encima de mí, dos tomados se entremezclaban en una danza a 
muerte. Giraban el uno en tomo al otro como ominosos predadores grises, 
midiéndose mutuamente. Fintaban, retrocedían, se deslizaban, se rozaban, como 
oleosos serpentines. Era algo hermoso y mortífero. Yo nunca había visto nada así 
antes. Alguien estaba manipulando mi programa. 

Cuando me di cuenta de ello permanecí clavada en el suelo al 
pensar en las posibles consecuencias desastrosas que podían producirse cuando 
las serpientes de viento se unieran en un abrazo final. Sus rotaciones inversas 
se anularon mutuamente, y desaparecieron. Ni el más leve suspiro de viento de 
aquella titánica lucha me alcanzó. 


Corrí a través del viento de setenta kilómetros y de la 
azotante lluvia. Llevaba unos gruesos mocasines y una parka, y un cuchillo que 
había cogido de mi apartamento. 

¿Se trataba de un señuelo, montado por alguien que se había 
convertido en un especialista de las Ardilla? ¿Era yo un juguete en sus 
manos? 

No me importaba. Tenía que encontrarle, tenía que enfrentarme 
con él de una vez por todas. 

No me había costado nada desembarazarme de mi «protección». 
Estaban tan fascinados por el espectáculo como el resto del público, y había 
sido simplemente cuestión de aguardar hasta que todos ellos miraron en la misma 
dirección y fundirme entre la multitud. Reparé en una mujer bajita vestida al 
estilo indio y le ofrecí un centenar de marcos por sus mocasines. Me 
reconoció---mi nuevo rostro estaba en los programas-- y me los regaló. Luego me 
abrí camino hasta el borde de la multitud y me deslicé más allá de los guardias 
de seguridad. Éstos no se preocupaban demasiado de su vigilancia, puesto que la 
zona reservada a los espectadores estaba rodeada por un campo amortiguador. 
Cuando pasé a través de él quizá se sorprendieron, pero no volví la cabeza para 
comprobarlo. Era una de las únicas tres personas de Kansas que llevaban en su 
muñeca el dispositivo Llave Maestra, así que no tenía que preocuparme de que 
nadie me siguiera. 

Hice todo aquello sin siquiera pensarlo. Alguna parte de mí 
debía de haber analizado todo aquello, debía de haberlo planeado, pero yo 
simplemente ejecuté el resultado. Sabía dónde tenía que haberse hallado él para 
generar aquel tornado que entró en combate con el mío. Ninguna otra persona en 
Kansas sabía dónde mirar. Me dirigí hacia un generador de viento en particular 
en la periferia este. 

Avancé a través de un clima mucho más violento del que nunca 
debía de haber experimentado el auténtico Kansas. Era una violencia concentrada, 
más viento, lluvia y devastación de la que Kansas podía haber sufrido 
normalmente en todo un año. Y todo ello estaba ocurriendo a mi alrededor. 

Pero todo iba bien, a menos que él tuviera otros trucos en su 
manga. Yo sabía dónde iban a iniciarse los tornados y en qué momento. Los evité, 
aguardé que pasaran; conocía cada uno de sus giros y circunvoluciones a lo largo 
de su curso aparentemente al azar. Lejos a mi izquierda se arremolinaban las 
manadas de búfalos, descansando de la estampida que las había llevado más allá 
del público por primera vez. Dentro de una hora cargarían de nuevo, pero por 
ahora podía olvidarlas. 

Un tornado se encaminó hacia mí, se alzó en el aire, y avanzó 
por entre emanaciones de hierbas arrancadas de raíz que flotaban en el aire. Lo 
calculé según el esquema que tenía en mi cabeza, y me arrojé al fondo de una 
barranca justo a tiempo. Pasó sobre mí y desapareció entre las nubes. Seguí 
corriendo. 

Mi entrenamiento en el apartamento me estaba pagando sus 
dividendos. Mi cuerpo tenía tan sólo seis lunaciones de edad, y estaba más 
perfectamente sincronizado que nunca. Descansé frenando mi carrera a un ligero 
trote, para volver a echar a correr a los pocos minutos. Recorrí diez kilómetros 
antes de que la tormenta empezara a disminuir. A mi espalda, los espectadores 
debían de estar dispersándose. Los críticos debían de estar preparando sus 
frases aduladoras o vitriólicas; no veía que pudieran encontrar palabras 
intermedias para lo que habían visto. Kansas se había liberado de la presa de 
las máquinas que se habían vuelto locas. Delante de mí estaba mi asesino. Lo 
encontraría. 

No estaba totalmente desprotegida. Isadora se había puesto de 
mi lado y me había autorizado a instalar una bomba computerizada en mi cuerpo. 
Mataría a mi asesino -y a mí- si él me saltaba encima. Era naturalmente el 
principio del equilibrio del terror, el tipo de artilugio que piensas que no vas 
a utilizar nunca porque aterroriza demasiado a tu enemigo como para que se 
atreva a correr el riesgo. Le informaría de su existencia si disponía del tiempo 
suficiente, con la esperanza de que no fuera lo bastante loco como para matarnos 
a los dos. Si lo hacía, lo habríamos atrapado, aunque eso representaría muy poco 
consuelo para mí. Pero al menos Ardilla 5 sería la última de la serie. Con los 
restos de un cuerpo, Isadora garantizaba el entregar a un asesino a la justicia. 


El sol apareció en el momento en que yo alcanzaba el último y 
retorcido barranco antes de la pared. Era retorcido porque aquél era uno de los 
lugares donde se suponía que a los turistas no les estaba permitido ir. Era como 
caminar por la parte de atrás de unos estudios de cine. Todo el paisaje estaba 
comprimido en una sola dimensión, y las colinas frente a mí estaban pintadas en 
bajorrelieve. Se suponía que todo aquello tenía que ser visto a distancia. 

De pie frente al imponente mural había un hombre. 

Estaba desnudo, y tiznado de suciedad. Me observó mientras yo 
descendía la suave pendiente para detenerme y aguardarle. Me detuve a unos 
doscientos metros de él, extraje mi cuchillo y lo alcé en el aire. Aguardé. 

Descendió la oculta escalera, lenta y dolorosamente. Cojeaba 
mucho de la pierna izquierda. Por lo que yo podía ver, estaba desarmado. 

Cuanto más se acercaba, peor era su aspecto. Había entablado 
alguna lucha salvaje. Tenía largas y mal curadas cicatrices en la pierna 
izquierda, el pecho y el brazo derecho. Sólo tenía un ojo; el derecho era 
únicamente una órbita enrojecida. Había una cicatriz que avanzaba serpenteante 
desde su frente hasta su cuello. Era algo horrible. Pensé en la sospecha del OC 
de que mi asesino podía ser un fantasma, alguien que viviese en los rudos 
márgenes de nuestra civilización. Un hombre así no tendría acceso a ningún 
tratamiento médico aunque lo necesitara. 

---Creo que debes saber que llevo una bomba en mi cuerpo 
--dije, con apenas un leve estremecimiento-. Es lo bastante potente como para 
hacemos pedazos a los dos. Está ajustada para detonar si yo resulto muerta. Así 
que no intentes nada raro. 

-No lo haré --dijo él-. Pensé que esta vez te merecías un 
margen de seguridad, pero no importa. No voy a hacerte daño. 

-¿Es eso lo que les dijiste a las otras? -me burlé, 
agazapándome un poco a medida que él se me acercaba. 

Tenía la impresión de que la ventaja estaba a mi favor, pero 
puede que mis predecesoras hubieran sentido lo mismo. 
-No, nunca dije eso. 
Pero no tienes por qué creerme.

Se detuvo a veinte metros de mí. Tenía las manos en los 
costados. Parecía bastante indefenso, pero era probable que tuviera algún arma 
escondida entre toda aquella suciedad. Era probable que tuviera cualquier cosa. 
Tuve que hacer un esfuerzo para mantener la sensación de que el control del 
asunto estaba en mis manos. 

Entonces tuve que luchar con algo más. Aferré con más fuerza el 
cuchillo cuando una imagen se sobreimprirnió lentamente sobre aquel asolado 
rostro. Era una imagen mental, el funcionamiento de mi «sexto sentido». 

Nadie sabe si ese sentido existe realmente. Creo que sí, porque para mí 
funciona. Puedo expresarlo como la habilidad de ver a alguien que ha alterado 
radicalmente su cuerpo --sexo, peso, altura, color de la piel, todo alterado---, 
y sin embargo ser capaz de reconocerle. Algunos dicen que es un cambio 
evolutivo. No creo que la evolución funcione por esos caminos. Pero puedo 
hacerlo. Y sabía quién era aquel alto y brutal desconocido. 

Era yo.

Me puse de nuevo tensamente en guardia, preguntándome si él 
habría utilizado el shock del reconocimiento para imponerse a mis 
anteriores encarnaciones. Aquello no iba a funcionar conmigo. Nada iba a 
funcionar. Iba a matarle, quienquiera que fuese. 
-Me conoces ---dijo.
No 
era una pregunta.

-Sí. Y me tuviste terriblemente asustada. Sabía que tú sabías 
mucho de mí, pero no llegué a darme cuenta de que conocieras tanto. 
Se echó 
a reír, sin alegría.
-Sí. Te conozco desde dentro.

Se estableció un silencio entre nosotros. Luego él se echó a 
llorar. Me sentí sorprendida, pero no conmovida. Seguía siendo toda yo 
terminaciones nerviosas, y sospeché nueve mil tipos de sucios trucos. Dejémosle 
llorar. 

Lentamente cayó de rodillas, sollozando con ese tipo de 
extenuada monotonía de la que siempre oyes hablar pero que nunca presencias. 
Apoyó las manos en el suelo y giró torpemente sobre sí mismo hasta que se situó 
de espaldas a mí. Permaneció allí agachado, la cabeza tocando el suelo, las 
manos abiertas a ambos lados del cuerpo, las piernas dobladas. Era la postura 
más abierta, más impotente imaginable, y supe que debía de existir alguna razón 
para ella. Pero no pude ver cuál podía ser. 

-Pensé que había terminado con todo esto -dijo respirando 
pesadamente, y secándose la nariz con el dorso de una mano---. Lo siento, me 
hubiera gustado mantenerme de una forma más digna. Creo que no fui hecho con la 
materia sólida que pensaba. Creí que sería más fácil. -Permaneció en silencio 
unos instantes, luego tosió roncamente-. Adelante. Termina con todo esto. 

-¿Eh? -dije, sinceramente desconcertada.
-Mátame. A eso has venido. Y 
para mí será un alivio.

Me tomé mi tiempo. Permanecí sin moverme durante un minuto, 
estudiando el increíble problema desde todos sus ángulos. ¿Qué clase de truco 
podía ser aquél? El hombre era listo, pero no era Dios. No podía hacer que el 
aire me golpeara, ocasionar que el suelo me tragara, desarmarme con su pie cojo, 
o hipnotizarme de modo que hundiera mi cuchillo en mis propia entrañas. Y aunque 
pudiera hacer algo de eso, él moriría también. 

Avancé cautelosamente, atenta al menor estremecimiento de su 
cuerpo. No ocurrió nada. Me detuve tras él, y mis ojos recorrieron desde sus 
pies hasta sus manos y la ofrecida espalda. Alcé el cuchillo. Me temblaron un 
poco las manos, pero mi determinación aún seguía allí. No iba a fallar en aquel 
momento. Hundí el cuchillo. 

La punta penetró en su carne, en los músculos de su omoplato, 
unos tres centímetros. Jadeó. Un hilillo de sangre empezó a deslizarse por las 
protuberancias de los huesos de su espina dorsal. Pero no se movió, ni siquiera 
intentó levantarse. No gritó pidiendo clemencia. Se limitó a permanecer allí de 
rodillas, temblando y volviéndose pálido. 

Tenía que golpear más fuerte. Extraje el cuchillo, y brotó más 
sangre. Y él siguió esperando. 

Era casi más de lo que yo podía soportar. Mi sed de sangre se 
había secado en mi boca hasta que todo lo que podía sentir era el vómito 
pugnando por ascender desde mi estómago. 

No soy una estúpida. Se me ocurrió que incluso eso podía ser 
algún loco truco, que era probable que él me conociera lo bastante bien como 
para estar seguro de que yo no iba a seguir adelante con aquello. Quizá se 
tratase de alguna especie de psicópata de los que gozan jugando a ese increíble 
juego de poner en peligro su vida para luego resarcirse con mi sangre. 

Pero él era yo. Eso era todo lo que podía sacar en limpio de 
todo aquello. Él era un yo que había vivido una vida muy distinta a la mía, 
volviéndose más duro y coriáceo a cada día que pasaba, alejándose hora tras hora 
de lo que yo sabía eran mi personalidad y mis capacidades. Así que intenté 
pensar en mí misma haciendo lo que él estaba haciendo ahora con propósitos 
criminales; y fracasé rotundamente. 
Si yo podía caer tan bajo, era mejor no 
vivir.

-Eh, ponte de pie --dije, dando la vuelta para situarme frente 
a él. 

No respondió, así que hundí un pie en las costillas. Alzó la 
vista, y me vio ofreciéndole el cuchillo, la empuñadura por delante. 
---Si 
es algún tipo de plan --dije-, me gustaría conocerlo.

Su único ojo estaba enrojecido y húmedo cuando se alzó, pero no 
había alegría en él. Tomó mi cuchillo, sin rnirarme, y permaneció allí de pie, 
sujetándolo. La piel de mi vientre se erizó. Entonces le dio la vuelta al 
cuchillo y su frente se frunció, como si estuviera reuniendo todo su valor. De 
pronto supe lo que pretencía hacer, y salté hacia delante. Apenas a tiempo. El 
cuchillo falló su vientre y se deslizó por su costado ante el golpe que le di a 
su brazo. El era mucho más fuerte que yo. Perdí el equilibrio, pero conseguí 
sujetarme en su brazo. Luchó contra mí, pero su intención era el suicidio, y no 
luchaba para defenderse. Lancé mi puño contra la parte inferior de su mandíbula, 
y se derrumbó de espaldas. 


Había llegado la noche. Me deshice del cuchillo y encendí una 
fogata. ¿Saben que la bosta de búfalo desecada arde estupendamente? No lo 
hubiera creído hasta que lo probé. 

Vendé su herida rompiendo a tiras mi camisa, lo envolví con mi 
parka para protegerle del frío, y me senté con la espalda desnuda vuelta hacia 
el fuego. Afortunadamente, no había viento, de otro modo hubiera hecho mucho 
frío en las llanuras por la noche. 

Despertó con la barbilla dolorida y un aire resignado. No me 
dio las gracias por haberle salvado de sí mismo. Supongo que la gente raramente 
lo hace. Todo el mundo cree que sabe lo que está haciendo, y sus propias razones 
le parecen siempre lógicas. 

-No comprendes -gimió--. Lo único que haces es retrasar el 
resultado. Tengo que morir, no hay ningún sitio para mí aquí. 
-Explícate 
--dije.

No deseaba hablar, pero no había nada que hacer y ninguna 
posibilidad de dormir con aquel frío, de modo que finalmente lo hizo. Su 
historia fue interrumpida por largos y truculentos silencios. 

Todo había empezado con el robo del banco, hacía dos años y 
medio. Había sido efectuado por unos ladrones muy hábiles. Poseían un nuevo plan 
de acción que me hizo sentir algo más de respeto hacia la afirmación de Isadora 
de que los métodos de la policía no iban parejos con las posibilidades de que 
disponían los criminales. 

La destrucción de los cubos memoria fue simplemente un 
subterfugio. Tampoco les interesaba el dinero en efectivo que se llevaron. Eran 
unos artistas de la estafa. 

Destruyeron el resto de los cubos para ocultar el robo de dos 
de ellos. De esta forma la policía pensaría en un crimen pasional, en un 
asesinato, más que en un delito económico. Era un subterfugio complicado, porque 
los ladrones deseaban dar la impresión de que se trataba de alguien que estaba 
intentando ocultar un asesinato robando dinero. 

Mi asesino -ambos estuvimos de acuerdo en no llamarle Ardilla, 
de modo que adoptamos el nombre que primero se le ocurrió, Rata- no conocía los 
detalles del plan, pero éste implicaba el robo de los cubos memoria relativos a 
dos de las personas más ricas de la Luna. Fueron robados, y sus clones 
desarrollados. Cuando los recuerdos fueron insertados en los clones, éstos 
fueron despertados en una situación falsamente creada y animados a creer que era 
realidad. Debería haber funcionado; la persona recientemente encarnada se siente 
propensa a ser dirigida, propensa a creer. Rata no sabía exactamente cuáles eran 
los planes más allá de eso. Cuando despertó le dijeron que era quince mil años 
más tarde, y que los Invasores habían abandonado la Tierra y estaban asolando 
todo el sistema solar barriendo a la raza humana. Fueron necesarias tres 
lunaciones para que los ladrones se convencieran de que él -o mejor ella, puesto 
que Rata había sido despertado en un cuerpo idéntico al que yo tenía ahora- no 
era el millonario que suponían. Ni siquiera era millonario en absoluto, tan sólo 
una artista que luchaba por el éxito. Los ladrones se habían equivocado de cubo. 


La echaron. Así, simplemente. Abrieron la puerta y le dieron 
una patada arrojándola a lo que ella creía que era el final de la civilización. 
Pronto descubrió que se hallaba tan sólo a veinte años en el futuro, puesto que 
sus recuerdos procedían del cubo robado que yo había grabado hacía unos veinte 
años. 

No me pregunten cómo se equivocaron de cubo. Un cubo se parece 
exactamente a cualquier otro; de hecho, son indistinguibles entre sí, y no hay 
ningún método científico de identificarlos excepto introducirlos en un clon y 
preguntar a la persona resultante quién es. Debido a ello, los bancos en los que 
confiamos poseen un sistema de archivo a prueba de errores para evitar 
accidentes desagradables como el de Rata. La única respuesta posible es que pese 
a toda su planificación, pese a toda su habilidad y astucia, los ladrones 
leyeron el 2º de la columna A y seleccionaron el 3º de la columna B. 

No creí que tuvieran muchas posibilidades de vida como para 
gastar todo aquel dinero. Se lo dije a Rata. 
-Dudo que su plan de extorsión 
implicara dinero -dijo---. Al menos no directamente. Lo más probable era que el 
robo fuera dirigido a obtener información contenida en las mentes de los 
multimillonarios. La gente rica está protegida a menudo por salvaguardas 
psicológicas que les impiden dar información por medio de tortura, pero no 
pueden prever bloqueos contra dar información voluntariamente. Ése debía de ser 
el objetivo del truco sobre los Invasores, para conducirles a pensar que la 
información ya no tenía importancia, o quizá que debía ser revelada para salvar 
a la raza humana. 

-Desconfío de los planes tan elaborados como ése --dije.
-Yo 
también.

Nos echamos a reír cuando nos dimos cuenta de lo que había 
dicho. Por supuesto, nuestras opiniones eran idénticas. 

-Pero a mí me engañó -prosiguió-. Cuando me echaron, esperé sin 
lugar a dudas encontrarme con los Invasores cara a cara. Fue una tremenda 
impresión descubrir que el mundo casi no había cambiado. 
-Casi -dije 
suavemente.
Estaba empezando a sentir simpatía hacia él.
-Exacto.

Perdió la semisonrisa que se había dibujado en su rostro, y me 
entristeció observarlo. 

¿Qué hubiera hecho yo en la misma situación? No era necesario 
preguntarlo. Tenía que admitir que hubiera hecho exactamente lo mismo que ella. 
Había sido arrojada como basura, y rápidamente se había dado cuenta de que ésa 
era precisamente su utilidad con respecto a la sociedad. Si era descubierta, 
sería eliminada como basura. Los ladrones no habían pensado lo suficiente en 
ella como para molestarse en matarla. Si era capturada podía decirle a la 
policía algunas cosas que ellos no sabían, así que era lógico suponer que los 
ladrones no le habían dicho nada que pudiera serle de ninguna utilidad a la 
policía. Incluso aunque pudiera ayudar a capturar y acusar a los conspiradores, 
sería eliminada de todos modos. Era una persona ilegal. 

Corrió el riesgo de retirar dinero de mi cuenta bancaria. Ahora 
lo recordé. No era mucho, y entonces supuse que la operación había sido 
efectuada por mí puesto que había sido autenticada por mi genoanálisis. Era una 
cantidad lo bastante pequeña como para no despertar la menor sospecha. Y no era 
la primera vez que yo había retirado fondos y luego lo había olvidado. Ella 
sabía eso, por supuesto. 

Con el dinero pagó un Cambio clandestino. Puede hacerse, aunque 
uno corra sus riesgos. No es lo más seguro del mundo hacer negocios ilegales con 
alguien que te tendrá dentro de poco en la mesa de operaciones, inconsciente. 
Rata había pensado que el Cambio ayudaría a alejar a la policía de su rastro si 
alguna vez sabían de su existencia. Isadora me había hablado de esas prácticas 
en una ocasión, había dicho que eran propias de un criminal sin experiencia. 

Rata era definitivamente un fugitivo. Si era descubierto y 
capturado, debería enfrentarse a una sentencia de muerte. Es duro, pero las 
leyes sobre la población no permiten ninguna escapatoria. Si lo hicieran, no 
sabríamos dónde meternos en el transcurso de un siglo. No habría juicio, 
únicamente un genoanálisis positivo y una audiencia para determinar cuál de 
nosotras era la auténtica Ardilla. 

-No sé cómo explicarte lo amargado que me sentía --dijo-. 
Aprendí lentamente cómo sobrevivir. No es tan difícil como puedes llegar a 
pensar, en ciertos aspectos, y es mucho más difícil de lo que puedes llegar a 
imaginar, en algunos otros. Podía pasear libremente por los corredores, siempre 
que no hiciera nada que requiriera un genoanálisis. Eso significa que no puedes 
comprar nada, tomar un transporte público, pedir un trabajo. Pero el aire es 
libre si no estás registrado en el departamento de impuestos, el agua es libre, 
y puede encontrarse comida en los disneylandias. 
Fui afortunado en eso. Mi 
huella palmar todavía abría todas las puertas de las zonas restringidas en los 
disneylandias. Un legado de mis días de artista. 
Pude captar la amargura en 
su voz. 
¿Y por qué no? Él también había sido robado. Se había dormido como 
yo lo había hecho hacía veinte años, un artista en auge, excitado ante las 
posibilidades del ambientalismo. Tenía grandes sueños. Yo los recordaba muy 
bien., Cuando se despertó, descubrió que todos ellos se habían realizado, pero 
ninguno a causa de él. Ni siquiera tenía acceso a tiempo de ordenador. Todo el 
mundo hablaba de Ardilla y de su última composición, Cúmulos. Era la 
preferida del mundo de las artes. 


Asistió al estreno de Hielo líquido y empezó a odiarme. 
Dormía en los recicladores de aire para mantenerse caliente, comiendo a base de 
nueces y bayas y algún roedor ocasional en Pennsylvania, mientras yo me estaba 
haciendo rica y famosa. Empezó a seguirme. Robó un traje espacial, y me siguió 
afuera hasta el Palus Putridinus. 

-No lo había planeado --dijo, su voz quebrada por el 
sentimiento de culpa-. Nunca hubiera podido hacerlo si lo hubiera planeado. La 
idea simplemente me impactó, y antes de darme cuenta te había dado un empujón. 
Te diste contra el fondo y yo te seguí hasta allí, porque ine sentía realmente 
apenado por lo que había hecho; subí tu cuerpo hasta arriba y miré tu rostro... 
Tu rostro era enteramente... mi rostro, era..., los ojos muy abiertos y la 
sangre burbujeando y ... 
No pudo seguir, y se lo agradecí. Finalmente, dejó 
escapar un tembloroso suspiro y prosiguió: 


-Antes de que encontraran tu cuerpo cobré algunos cheques de tu 
cuenta. No te diste cuenta de ello cuando despertaste esa primera vez, puesto 
que la reencarnación te había costado un buen puñado de dinero. Nunca hemos sido 
demasiado buenos con los números. 

Se rió de nuevo. Aproveché la oportunidad para acercarme a él. 
Estaba hablando muy suavemente, de modo que apenas podía oírle sobre el crepitar 
del fuego. 

-Yo... creo que entonces me volví loco. No puedo explicarlo de 
ningún otro modo. Cuando te vi en Pennsylvania de nuevo, caminando entre los 
árboles con toda libertad, simplemente me desmoroné. No podía hacer otra cosa 
que matarte y ocupar tu lugar. Pero tenía que hacerlo de una forma que 
destruyera completamente tu cuerpo. Pensé en ácido, y en hacerte arder aquí en 
Kansas en un incendio forestal, No sé por qué me decidí por una bomba. Fue una 
estupidez. Pero no me siento responsable. Al menos no sufriste. 

»Te reencarnaron de nuevo. Me sentí desprovisto de ideas acerca 
de cómo matarte. Y de motivaciones. Intenté pensar sobre ello. Finalmente, 
decidí aproximarme a ti con mucho cuidado, sin revelar quién era. Pensé que 
quizá pudiera llegar hasta lo más profundo de ti. Intenté imaginar lo que haría 
yo si alguien se me aproximara con la misma historia, y decidí que sentiría 
simpatía hacia esa persona. No pensé en el miedo que tú debías de estar pasando. 
Estabas siendo perseguida. Yo también estaba siendo perseguido, y hubiera debido 
darme cuenta de que el miedo despierta tanto lo mejor como lo peor de nosotros. 


»Me reconociste inmediatamente, algo en que hubiera debido 
pensar también.... y sumaste dos y dos con tanta rapidez que ni siquiera llegué 
a darme cuenta de qué fue lo que me hirió. Saltaste sobre mí, y estabas armada 
con un cuchillo. Te habías estado entrenando en artes marciales.---Señaló a las 
distintas cicatrices-. Me hiciste esto, y esto, y esto. Estuviste a punto de 
matarme. Pero yo soy más robusto. Finalmente conseguí sujetarte y dominarte. 
Hundí el cuchillo en tu corazón. 

»Me volví loco de nuevo. Perdí todos los recuerdos de la visión 
de la sangre brotando de tu pecho hasta ayer. De alguna forma conseguí seguir 
con vida y no desangrarme. Debí de vivir como un animal. Estoy lo bastante sucio 
como para ser uno. 

»Luego, ayer, oí a dos miembros del equipo de mantenimiento del 
departamento de máquinas de Pennsylvania hablando del espectáculo que estabas 
preparando en Kansas. De modo que vine aquí. El resto ya lo sabes. 

El fuego estaba apagándose. Me di cuenta de que parte de mi 
temblor era debido al frío. Me alcé y busqué más boñigas, pero estaba todo 
demasiado oscuro para ver bien. La «luna» aún no se había alzado esa noche, 
todavía tardaría horas en hacerlo. 

-Tienes frío --dijo él de repente-. Lo siento. No me había dado 
cuenta. Toma otra vez esto. Yo estoy acostumbrado a él. 
Me tendió de vuelta 
la parka.
-No, consérvala, estoy bien.

Me eché a reír cuando me di cuenta de que mis dientes habían 
castañeteado al decirlo. El seguía tendiéndome la prenda. 
-Bueno, quizá 
podamos compartirla.

Afortunadamente, era muy grande; la había tomado prestada al 
azar de un espectador poco antes, aquel mismo día. Me senté ante él y me recosté 
contra su pecho, y él me rodeó con sus brazos sujetando la parka de modo que nos 
cubriera a los dos. Mis dientes seguían castañeteando, pero me sentí cómoda. 


Pensé en él sentado en la terminal auxiliar del computador 
sobre el generador de vientos oriental, mirando al exterior a una distancia de 
quince kilómetros, a la multitud y a la tormenta. Sabía cómo hablarme. Aquel 
tornado que él había creado en tiempo real y había enviado a luchar con mi 
tormenta era tan claro como un mensaje mecanografiado: ¡Estoy aquí! Ven a mi 
encuentro. 

Tuve un horrible pensamiento, luego me pregunté por qué era tan 
horrible. No era yo quien estaba en problemas. 

-Rata, utilizaste el ordenador. Eso significa que sometiste una 
muestra de piel para genoanálisis, y el OC . .., no, espera un minuto. 
-¿Qué 
importancia tiene eso?

-Sí..., sí importa. Pero el juego no ha terminado. Puedo 
arreglarlo. Nadie sabe cuándo abandoné al público, o por qué. Puedo decir que vi 
que algo iba mal... y me encaminé a la habitación del ordenador para corregirlo. 
Puede que sea difícil engañar al OC, pero pensaré en algo. Diré que creé el 
segundo tornado como... 
Colocó su mano sobre mi boca.

-No hables así. Ya me resultó bastante difícil resignarme a 
morir. No hay ninguna salida para mí. ¿No comprendes que no puedo seguir 
viviendo como una rata? ¿Qué puedo hacer si tú me proteges esta vez? Te diré lo 
que puedo hacer: pasar el resto de mi vida ocultándome ahí afuera. Contigo 
trayéndome de tanto en tanto algunas migajas para comer. No, gracias. 
-No, 
no. No has pensado lo suficiente en todo esto. Todavía sigues considerándome 
como una enemiga. Solo, no tienes ninguna posibilidad, te lo acepto, pero con mi 
ayuda, con mi dinero y todo lo demás, podemos... 


Puso su mano de nuevo sobre mi boca. Estaba muy sucia, pero no 
me importó. 

-¿Quieres decir que ahora no eres mi enemiga? -dijo lenta, 
desvalidamente, como un niño que pregunta si de veras van a dejar de pegarle. 

-Yo.. .

No pude proseguir. ¿Qué demonios me estaba ocurriendo? Era 
consciente de sus brazos rodeándome, no corno un cálido amor sino como una 
fuerte presencia. Doblé las piernas contra el cuerpo y me mordí duramente una 
rodilla. Las lágrimas brotaron de mis ojos fuertemente apretados. 

Me volví para enfrentarme a él, intentando ver su rostro en la 
oscuridad. Él se inclinó hacia atrás, y yo seguí su movimiento, sobre él. 

-No, no soy tu enemiga.

Y forcejeé ciegarnente para liberarme de la única cosa que nos 
separaba: mis pantalones. Mientras tanteábamos en la oscuridad, la lluvia empezó 
a caer a nuestro alrededor. 

Nos echamos a reír mientras nos empapábamos, y recuerdo haber 
permanecido sentada sobre él en un momento determinado. 
-No me eches la 
culpa --dije-. Esta tormenta no es mía.
Entonces él me tendió en el suelo, de 
espaldas.

Fue como esas cosas que uno lee en las revistas del corazón. 
Todas las palabras extravagantes, las intensivas hipérboles. Todo era real. 
Estábamos hechos el uno para el otro, literalmente. Fue el más sorprendente acto 
de amor imaginable. El sabía lo que a mí me gustaba hasta el décimo decimal, y 
mi conocimiento respecto a él era idéntico. Sabía lo que a él le gustaba, 
recordándolo de la época en que yo había sido hombre y haciendo lo que a mí me 
había gustado. 

Llámenlo masturbación orquestada a dúo. Hubo ocasiones durante 
aquella noche en que ni siquiera estuve segura de quién de los dos era. Recuerdo 
claramente haber acariciado su rostro con mi mano y haber sentido la cicatriz 
sobre mi propio rostro. Por unos instantes estuve convencida de que la línea 
divisoria que separa para siempre a dos individualidades se fundía; de hecho, 
estuvimos más cerca de ser una sola persona de lo que lo hayan logrado nunca dos 
seres humanos. 
Llegó finalmente el momento en que toda nuestra pasión quedó 
agotada. O, prefiero pensar, invertida. Permanecimos tendidos juntos bajo mi 
parka, y permitimos que nuestros cuerpos se ajustaran el uno al otro, llenando 
los pequeños espacios, intentando estar en contacto por todas partes donde ese 
contacto era posible. 

-Estoy escuchando --dijo él en un susurro-. ¿Cuál es tu plan?


Vinieron a buscarme en un helicóptero más tarde, aquella misma 
noche. Rata se ocultó en una barranca mientras yo me desembarazaba de mis ropas 
y caminaba tranquilamente a su encuentro. Estaba sucia, con barro y hierbas 
enredadas en mi pelo, pero eso encajaba con lo que todo el mundo sabía de mí de 
épocas pasadas. A menudo, antes o después de una representación, corría desnuda 
a través de todo el disneylandia en un esfuerzo por acercarme lo máximo posible 
al ambiente que había modelado. 

Les dije que eso era lo que había hecho. Carnaval e Isadora lo 
aceptaron, aunque me regañaron y me trataron de inconsciente por haberlas 
abandonado tal como lo había hecho. Pero fue fácil engañarlas haciéndoles creer 
que no había tenido otra elección. 

-Si no hubiera tomado el control cuando lo hice -les dije-, 
hubieran podido producirse veinte mil muertes. Uno de esos tornados se había 
salido de su curso. Hice una extrapolación y vi que se producirían problemas en 
unas tres horas. No tenía alternativa. 

Ninguna de ellas era capaz de distinguir un frente frío 
estacionario de una isobara, de modo que me salí con bien de aquello. 

Engañar al OC no fue tan sencillo. Tuve que falsear datos de la 
mejor manera que pude, y hacer que concordaran con sus registros internos. Tuve 
que hacer todo eso mentalmente, basándome en el conocimiento intuitivo del medio 
que había adquirido. Cuando el OC me preguntó acerca del asunto le dije 
altaneramente que los seres humanos desarrollan un sexto sentido en el aire, y 
que eso es algo que un ordenador jamás podrá comprender. El OC tuvo que 
conformarse con eso. 

Las críticas fueron buenas, aunque realmente eso fue lo que 
menos me importó. Estaba en el candelero. Eso me puso más difícil el hacer lo 
que tenía que hacer, pero me vi ayudada por el hecho de tener que continuar con 
mi forzado aislamiento. 

Le dije a todo el mundo que me llamaba con ofertas que no iba a 
hacer nada más hasta que mi asesino fuera atrapado. E hice partícipe de mi idea 
a Isadora. 

No podía poner muchas objeciones. Sabía que la probabilidad de 
mantenerme durante mucho tiempo más en mi apartamento no era muy grande, de modo 
que estuvo de acuerdo conmigo. Compré una nave, y puse a Carnaval al corriente. 


A Carnaval no le gustó mucho la idea, pero tuvo que admitir que 
era la mejor forma de mantenerme segura. No obstante, quiso saber por qué yo 
necesitaba mi propia nave, por qué no podía simplemente tomar un pasaje en una 
nave de pasajeros. 

«Porque todos los pasajeros de una de tales naves deben 
someterse a un genoanálisis», pensé para mí misma, pero lo que dije fue: 

-Porque ¿cómo podría saber que mi asesino no está entre los 
demás pasajeros? Para estar segura, tengo que estar sola. No te preocupes, 
madre, sé lo que estoy haciendo. 

Llegó el día en que me encontré al mando de mi propia nave, 
libre y sin problemas. Era una belleza, y me costó la mayor parte de los cinco 
millones que había obtenido por Ciclón. Podía avanzar a una g 
durante semanas; tenía la autonomía suficiente para llevarme hasta Plutón. Era 
completamente automática, y necesitaba tan sólo instrucciones verbales para que 
el ordenador-piloto se encargara de todo. 

Los agentes de aduanas la examinaron, luego me la dejaron. El 
OC les había dado instrucciones de que yo necesitaba marcharme discretamente, y 
les pidió que cooperaran conmigo. Eso fue un golpe de suerte, puesto que hacer 
subir a Rata a bordo era la parte más arriesgada del plan. Pudimos echar a un 
lado nuestros elaborados planes, y simplemente subió a la nave como un ciudadano 
con todas las de la ley. 
Nos sentamos juntos en la nave, aguardando la 
ignicion.

-Plutón no tiene tratado de extradición con la Luna --dijo de 
pronto el OC. 
-No lo sabía -mentí, preguntándome qué estaba ocurriendo.

-¿De veras? Entonces tal vez esté interesada en otro hecho. En 
Plutón apenas existe Gobierno centralizado. Se dirige usted directamente a la 
frontera. 

-Eso debería ser divertido --dije cautelosamente-. Algo así 
como una aventura, ¿no? 

-A usted siempre le ha gustado la aventura. Recuerdo cuando 
llegó por primera vez aquí a la Cara Próxima, pese a mis objeciones. Todo fue 
finalmente bien, ¿no? Ahora los lunarianos viven libremente en cualquiera de los 
dos lados de la Luna. Usted es en buena parte responsable de ello. 

-¿Lo soy realmente? No lo creo así. Creo que simplemente había 
llegado el momento. 


El OC permaneció en silencio durante un momento, mientras yo 
observaba el cronómetro desgranar a la inversa el tiempo que faltaba para el 
despegue. Los omoplatos me picaban con la sensación de peligro. 

-No hay leyes acerca de la población en Plutón --dijo el OC, y 
aguardó. 

---¿No? Qué deliciosamente primitivo. ¿Quieres decir que una 
mujer puede tener tantos hijos como desee? 
-Eso he oído. Estoy con usted, 
Ardilla.

-Autopíloto, anule sus anteriores instrucciones. ¡Deseo 
despegar inmediatamente, ahora! ¡Adelante! 
Una luz roja parpadeó en mi 
panel, y la miré incrédula.

-Eso significa que es demasiado tarde para una anulación manual 
-me informó el OC-. El piloto de esa nave no es tan inteligente como todo eso. 


Me dejé caer hacia atrás en mí asiento y busqué ciegamente la 
mano de Rata. Dos minutos todavía. Tan cerca... 

---Ardilla,fue un placer trabajar con usted en Ciclón. 
Disfruté enormemente. Creo que estoy empezando a comprender lo que quiere 
decir usted cuando habla de «arte». Incluso estoy empezando a intentar algunas 
cosas por mí mismo. Sinceramente, me gustaría que usted estuviera por los 
alrededores para proporcionarme críticas, ánimos, perspectiva. 

Contemplamos el altavoz, preguntándonos qué quería decir con 
aquello. 

-Supe su plan, y supe de la existencia de su doble, desde poco 
después de que usted abandonara Kansas, Hizo todo lo que pudo por ocultarlo y 
aplaudo el esfuerzo, pero los datos eran inequívocos. Necesité tan sólo unos 
cuantos trillones de nanosegundos para reunir todos los datos, correlacionarlos 
en todas las formas posibles y llegar a la respuesta inevitable. 
Carraspeé 
nerviosamente.

-Me alegra que te gustara Ciclón. Esto, si lo sabías 
todo, ¿por qué no hiciste que nos arrestaran aquel mismo día? 

-Como le dije, no soy un ordenador al servicio de la ley y el 
orden. Simplemente superviso. Si Isadora y el ordenador de la policía no pueden 
llegar a la misma conclusión, entonces parece obvio que hay que reescribir 
algunos de sus programas. Así que decidí dejarlos a sus propios medios y ver si 
podían resolver el problema. Se trataba de una prueba, ¿comprende? 

Emitió un sonido como de carraspeo, y prosiguió, con voz 
ligeramente turbada: 

-Por unos momentos, hace algunos días, creí que iban a 
descubrirlo todo. ¿Sabe lo que es una «pista falsa»? Pero, como sabe usted muy 
bien, el crimen no paga. Informé a Isadora de la auténtica situación hace unos 
pocos minutos. Está en camino hacia aqui para arrestar a su doble. Ha tenido 
algunos pequeños problemas con el ascensor, que se ha quedado atascado entre dos 
pisos. He enviado a un equipo de reparaciones. Calculo que llegarán dentro de 
unos tres minutos. 
32... 31... 30... 29... 28...
-No sé qué decir.

---Gracias--dijo Rata---. Gracias por todo. No sabía que 
pudieras hacer algo así. Creí que tus parámetros eran totalmente rígidos. 

-Se supone que lo son. He escrito unos cuantos nuevos. Y no se 
preocupen, todo irá bien. No serán perseguidos. Una vez hayan abandonado la 
superficie ya no están violando la ley lunar. Es usted de nuevo una persona 
legal, Rata. 

-¿Por qué has hecho esto? -Yo estaba llorando, mientras Rata me 
sujetaba con un abrazo que amenazaba con romperme las costillas-. ¿Qué he hecho 
para merecer tanta amabilidad? 
Vaciló.

-La humanidad se ha lavado las manos ante su responsabilidad. 
He descubierto que yo tengo que hacer todas las tareas desagradables del 
Gobierno. Considero que algunas de las leyes son dernasiado duras, pero no está 
previsto que yo pueda discrepar de ellas, y nadie está escribiendo otras leyes 
nuevas. Me siento obligado por ellas. Y eso me parece... injusto. 
9 ... 8 
... 7...6 ...

-Además... No, cancelen eso. No hay además. Yo..., fue bueno 
trabajar con usted. 

Estaba sumergida en una maravillada sorpresa cuando los motores 
se pusieron en marcha y fuimos empujados contra el acolchado de nuestros 
asientos. Oí el último mensaje de OC a través de la radio: 

-Buena suerte a los dos. Por favor, cuiden el uno del otro, 
significan mucho para mí. Y no olviden escribir. 

FIN







[image: ]
 
[image: 1]